viernes, 27 de julio de 2012

Bishop: magia y músculos


Washington Irving Bishop
Pero quien desbocó los caballos del mentalismo en el último tercio del XIX fue Washington Irving Bishop (1856-1889). Este mentalista californiano no sólo se decía capaz de adivinar cualquier objeto escondido en el escenario, también en cualquier escondrijo del teatro e, incluso, en no importa qué rincón de la ciudad. Por ejemplo, un imperceptible alfiler.

Bishop abandonaba el teatro en plena actuación, conduciendo un soberano tronco de caballos con los ojos vendados. En estas escalofriantes galopadas,  el mago, cuyo nombre en castellano significa obispo, se convirtió en el creador del efecto de la conducción con los ojos vendado y en un precursor del cumberlandismo. .

Privado de la vista, a la velocidad del rayo, Bishop atravesaba las calles de la ciudad para encontrar el alfiler, en compañía del espectador que lo había escondido. Como método de adivinación utilizaba la lectura muscular  que aprendió trabajando de asistente de John Randall Brown.

Porfirio Díaz
Durante su estancia en México ofreció dos sesiones privadas antes de actuar en el Teatro Nacional. Las crónicas de la época las describen con gran detalle. La primera se celebró en la residencia del suegro del presidente de la república. A ella asistió el yerno presidente, el general
Porfirio Díaz, que rigió la política mexicana entre 1876 y 1911. Bishop pidió a doña Carmelita, la esposa del general, que pensara en una melodía precisa. Sin que mediaran palabras, se dirigió al piano y tras unos instantes de concentración, inició los compases del último aria de Rigoletto.

Tras este primer acierto, solicitó a la dueña de la casa que pensase en un ser querido. Abandonó el salón y atravesó varias habitaciones. Se detuvo en una de ellas y tomó un retrato situado sobre la repisa de una chimenea que correspondía a la persona pensada.

Por último se formó una comisión compuesta por tres miembros elegidos al azar, a fin de que escogieran y ocultaran algún pequeño objeto. Eligieron secretamente un alfiler y lo escondieron en casa de uno de ellos, médico de profesión, en un estuche de cirugía. Hasta allí fue Bishop con los ojos vendados y encontró el alfiler disimulado entre los instrumentos quirúrgicos.

Al día siguiente, en el Hotel Jardín, ejecutó otro de sus números clásicos. Pidió a los asistentes que designasen una persona para que simulase un apuñalamiento y escondiese el arma homicida. Bishop se marchó de la habitación y, al cabo de un rato, regresó con los ojos vendados. Se dirigió a un tal Woheim, tomó su mano, intentando percibir las leves alteraciones musculares y descubrió el lugar en donde se hallaba el puñal.

En ambas ocasiones, ante un público compuesto de políticos, militares y banqueros del Porfiriato, proclives al positivismo, Bishop aseguró que sus adivinaciones no provenían de poderes sobrenaturales, sino de la concentración y la voluntad.

No siempre fue así. En una entrada anterior referí cómo traicionó a Anna Eva Fay, de la que fue representante, revelando las técnicas que empleaba en su número espiritista. Lo que no le impidió afirmar que estaba dotado de poderes superiores cuando presentó su propio espectáculo. El gran mago Maskeline le llevó a los tribunales por este motivo. La sentencia le condenó una multa de 10.000 libras y le prohibió ejecutar parte de su repertorio en Gran Bretaña.

Naturalmente Bishop no estaba dotado de poderes superiores. Pero su estado habitual tampoco solía ser normal. Era asiduo al alcohol y a las drogas. A veces, sufría ataques de catalepsia. Perdía la capacidad de contraer los músculos voluntariamente y se desplomaba, yaciendo inmóvil, aparentemente muerto.  Le aterraba la idea de acabar  enterrado vivo y, aún más, la posibilidad de que su cuerpo sufriera una autopsia en ese estado. Por eso solía llevar en el bolsillo una nota en la que avisaba de su enfermedad.

Escena de A Synopsis of the Butchery
of the Late Sir Washington Irving Bishop,
 De regreso a Nueva York, actuó en el Lamb´s Club, que frecuentaban y frecuentan aún gentes relacionadas con el espectáculo. Estaba intentando adivinar una palabra pensada por un espectador. Para ello levantó el brazo hasta tocar su frente con los dedos. Justo en el momento en que las yemas entraban en contacto con la piel sufrió un ataque. Cayó al suelo fulminado.

Al cabo de unos minutos se recuperó e insistió en proseguir la función. Pero de nuevo se desplomó y, en esta ocasión, el tiempo pasó sin que se apreciara reacción alguna.  A nadie se le ocurrió mirar en su bolsillo donde guardaba el papel que advertía sobre sus frecuentes catalepsias y las precauciones que se debían tomar para evitar lo que más temía.

Le hicieron un electrocardiograma del que se deducía la muerte clínica. ¿Los médicos se precipitaron al decidir la autopsia? ¿Le abrieron el cráneo en canal, tal como se aprecia en la fotografía adjunta, cuando aún estaba vivo? Su madre, Eleanor Fletcher Bishop, así lo pensó. Bishop procedía de una familia proclive al espiritismo y de carácter fuerte.


Las declaraciones de Eleanor en la prensa de la época son de un dramatismo macabro. Las recogió en un folleto titulado A Mother's Life Dedicated and an Appeal for Justice to All Brother Masons and the General Public. Afirmaba que cuando el bisturí troceaba el cuerpo de su hijo, Bishop mantenía la consciencia, aunque no podía moverse y evitarlo.

Bishop, capaz de adivinar cualquier cosa mediante la lectura muscular ¿murió de esta manera escalofriante a causa de la inmovilidad de sus músculos?

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