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sábado, 4 de mayo de 2013

Dalí y el fascinador Onofroff


Calavera de Dalí
¡Qué suerte poder asistir a una actuación de Onofroff a través de la mirada hechizada y un tanto perversa de Salvador Dalí!  No es extraño que Dalí se sintiera fascinado por la hipnosis,actividad espectacular y misteriosa cuando  se practica en un escenario y también, a veces, cuando se ejecuta en el ámbito médico.  Precisamente Enrique o Henri Onofroff fue uno de los responsables de que la hipnosis y la catalepsia se convirtieran en un espectáculo de magia. ¡Qué hábil fascinador! Fue el mentalista más ingenioso, seductor y popular del primer tercio del siglo XX. Realizó varias giras a teatro lleno por España y América Latina. También actuó en el resto de Europa y en Estados Unidos donde practicó la conducción con los ojos cerrados.

Onofroff en Figueras



Cartel de Onofroff
En noviembre de 1920, Onofroff el fascinador, ofreció dos representaciones en Figueras (1) En su  dietario adolescente (2)  Dalí refiere la enorme expectación que suscitaron en la ciudad y las reacciones de su familia y compañeros de instituto. En cuanto a sus propias reacciones…  Bueno, no es disparatado pensar que, a través de la hipnosis, Dalí  creyó hallar la grieta por la que espiar los deseos que le obsesionaban. Pero las impresiones que le causaron las dos sesiones de hipnotismo fueron dispares. Antes de volver a referirme a ellas voy a intentar contar lo que sucedió. En definitiva, la influencia que tuvieron en Dalí fue mucho más determinante de lo que a primera vista podemos pensar. Por eso quiero empezar por el principio. Antes incluso de que Onofroff llegara a la ciudad.


Desde varios días antes la ciudad apareció empapelada materialmente por los carteles del mentalista. Gracias a Wolff (3)  sabemos que Onofroff no dejaba nada al azar y preparaba con antelación sus funciones. Utilizaba Onofroff como médium  a León Salvador, un antiguo campeón de lucha grecorromana (4).  No era su único auxiliar. Tenía a sueldo una docena de jóvenes que le precedían en los viajes. Viajaban en medios de locomoción distintos,  nunca paseaban juntos y no debían saludar a Onofroff ni a su secretario. Su misión consistía en reclutar gentes para que se prestaran a los experimentos psíquicos del mago.

El servicio secreto de Onofroff





El libro de Wolff
¿Cómo operaban? Como un servicio secreto. Wolff Tuvo ocasión de hablar con Serrano de Málaga y con el milanés Giovanni que fueron integrantes de la troupe. Aseguran que generalmente  no pagaban a los incautos. Les seducían. Para ello se dispersaban por bares y cafés y elaboraban fichas de las debilidades, aficiones, vocación y carácter de los posibles candidatos. El secretario, hombre culto y educado, realizaba la misma labor en clubes y casinos, seleccionando sujetos entre las clases altas.  En función de la información obtenida formulaban una proposición que en realidad era un señuelo para que se decidieran a participar y colaborar en el espectáculo.

Un ejemplo nos ilustra el modo de maniobrar. El perspicaz secretario había entrado en contacto con el hijo de un magistrado cuyos puntos flacos eran los estudios y la mala relación con su padre. Se trataba de una nulidad como estudiante de Derecho y el padre no le soportaba.

El secretario  intentaba engatusarle con estas palabras: Amigo mío, usted es un joven brillante. Yo he podido apreciarlo desde que le conozco. A usted le conviene intervenir en  un acto público para mostrar sus cualidades. Puede subir al escenario y dejarse hipnotizar. O más bien fingir el sueño hipnótico. En ese estado puede pronunciar  un discurso técnico jurídico. Usted es capaz de elaborar una pieza maestra que despeje de una vez por todas las dudas sobre su capacidad. Apréndaselo de memoria. En el escenario haga lo que los demás. Onofroff le dará la palabra. De ese modo conquistará la admiración y el aplauso de todos (5).

De ese modo los asistentes a la función veían en un supuesto estado hipnótico al hijo de uno de las personas más relevantes de la ciudad.

De Mesmer a Freud


Mientras la troupe de Onofroff ejecutaba estos preparativos, en casa de Dalí la familia se había 
Demostración Mesmeriana
apasionado con la hipnosis. El padre había ofrecido su explicación sobre el fenómeno en una de las cenas. No sabemos lo que dijo, pero podemos hacer un pequeño resumen de las principales ideas sobre la hipnosis que circulaban en la época.
Por lo general el estado de hipnosis se atribuía erróneamente al sueño. James Braid acuñó la palabra en 1843, mediante la raíz Hipnos, para subrayar la analogía con el sueño. Hoy sabemos que se trata de un estado de concentración, en el que la percepción se focaliza en un punto específico. Encaminado por el hipnotizador  el sujeto se concentra en una sola cosa y logra percepciones intensísimas. El hipnotizador consigue provocar una relajación y concentración profunda (6).

Las discusiones se centraban sobre si el sujeto pierde o no pierde el control. Hoy sabemos que no alcanza estado de inconsciencia alguno y que no se encuentra a merced del hipnotizador, aunque por supuesto no se encuentra eximido de engaños y manipulaciones.

En el terreno médico  Braid discrepaba de Mesmer. Rechazaba su tesis de que los fluidos magnéticos desencadenaban los fenómenos de hipnosis. Mesmer practicaba la hipnosis 100 años antes, sin que la hipnosis tuviera entidad propia, englobada en  lo que denominaba magnetismo animal. No me cansaré de repetir que en aquellas épocas las fronteras eran sutiles entre muchas prácticas médicas y el ilusionismo, es decir la magia desacralizada. La forma de trabajar de Mesmer era teatral. En el hotel Bouillon se reveló como un excelente director de escena. En la sala de tratamientos utilizaba escenografía y efectos teatrales: un decorado que apelaba al universo místico,  una iluminación en penumbra,  música relajante y aromas,  fragancias orientales, guión y coreografía para las curaciones colectivas. Mesmer se paseaba entre sus enfermos, vestido con una túnica de seda morada, golpeándoles con una varita mojada en agua sulfurosa. No era raro que los pacientes entraran en trance.

Charcot en acción
Años después el gran médico que fue Charcot no le iba a la zaga en la presentación teatralizada de sus experiencias. Las sesiones públicas en la Salpêtrière eran verdaderos espectáculos que atraían a un público apasionado. Fueron descritas por Maupassant, Zola, Daudet o los Goncourt y algunos de los pacientes  (histéricos, epilépticos, atacados por el baile de San Vito o que presentaban algún tipo de desequilibrio)  como Blanche Wittmann, conocida como « la reina de los histéricos  », alcanzaron una celebridad que competía con los grandes actores y actrices de la época. (8)

Y, por último, - concluye Onofroff en su libro L'hypnotisme à la portée de toutes les intelligences (9)-  resumo la historia de la hipnosis en pocas palabras: Es descubierta  en 1774 porMesmer, modificada en 1785 por Puységur y reformada por Braid en 1837. Proclamada por la academia de Medicina de París en 1876, está constituida en nuestros días por un cuerpo de doctrina científica.

¿Y el profesor Freud en la intimidad de su consulta? Sin duda cumplirá un papel determinante en las concepciones de Salvador Dalí sobre el psiquismo. Por ahora dejémoslo  ahí y volvamos a Figueras.

El debut


El día de la función, la familia Dalí se encamina al cine Jardí que estaba a rebosar. Previamente se

proyecta una película que naturalmente Dalí no recuerda porque su impaciencia era máxima. Por fin aparece Onofroff en el escenario. Es un nombre sospechoso y huele a ruso, escribe Dalí. Pero inmediatamente se desdice porque por su simpatía le parece más bien italiano.

Onofroff sabía jugar con todos los elementos de su personalidad para potenciar el misterio. Su nacionalidad era uno de ellos. ¿Ruso? ¿Polaco? En realidad era belga. Es probable que hubiera nacido en 1864 (9)

En una entrevista El caballero audaz le describe como un hombre altísimo, esbelto, arrogante. De su atildada elegancia no se escapa ningún detalle. El frac, impecable, con los botones de pasta; el cuello de pajarita, los zapatos de charol, la leontina, la camelia prendida del ojal del frac y el pañuelo de hilo, perfumado con tabaco rubio(10). Casi todos los que le oyeron coinciden en resaltar su facilidad de palabra y su poder de convicción. Wolff  habla de maestría, lujo y prosopopeya. Es el sugestionador – dice Wolff – que más predispuso al público en favor suyo mediante la sumisión voluntaria que desencadenan los temperamentos enérgicos (11).

Iniciaba su acto con un breve parlamento sobre las nuevas perspectivas que se abrían a la telepatía y al hipnotismo. Decía de sí que era la única persona a la que la naturaleza había otorgado el fluido de la fuerza hipnótica que irradiaba de sus manos y de sus ojos. Dicho esto descendía a la platea y distribuía entre los espectadores unas hojas de papel donde podían escribir una acción  material. Acción que Onofroff  se comprometía a realizar sin que nadie le dijera en qué consistía. Se brindaba a adivinar qué es lo que tenía que hacer mediante la transmisión de la onda psíquica. Es decir la comunicación del pensamiento entre él y el espectador que le sometiese a la prueba.

En ocasiones los espectadores ideaban acciones difíciles de llevar a cabo. Onofroff regresaba al escenario e invitaba a subir con él a uno de los espectadores.

Usted caballero, irá siempre a distancia de dos o tres metros escasos de mí, pensará con tenacidad y constancia en lo que yo debo hacer y me guiará mentalmente, aprobando o reprobando el camino o el movimiento que ejecute. – Reproduzco el parlamento de Onofroff literalmente porque me parece concebido con una gran habilidad y precisión para lograr sus propósitos - Sí, por ejemplo, ve usted, que me dirijo hacía la izquierda para efectuar lo que usted ha escrito en el papel que guarda en su bolsillo, deberá usted pensar en aquel instante fijamente y con energía: “No, no vayas por aquí, ve por la izquierda, por la izquierda, por la izquierda…”Repitiendo esto último in menti tantas veces como sea necesario siempre y cuando no obedezca al intangible e invisible mandato de usted. Igualmente si he de coger un objeto cualquiera, y tomo otro distinto por equivocación, vacilación o duda, antes de que me apodere de él, repetirá usted lo mismo de antes. V. Gr.: ¡No, no es la tarjeta: el pañuelo, el pañuelo! Y esto con la misma intensidad de entonces, a fin de que “las ondas psíquicas” de su voluntad, penetren en mi cerebro hasta que yo las perciba claras, como si las recibiera de viva voz. ¿Ha comprendido usted, caballero? Pues bien, tenga la amabilidad ahora de taparme los ojos. Tome usted (12)

Lectura con los ojos vendados


Blindfolded-man
En ese momento Onofroff le entrega una venda. Podemos imaginar al espectador por una parte desconcertado  y, al tiempo,  expectante cuando el mago le pide que apriete con fuerza. Así lo hace. Le anuda la venda a la nuca, cubriendo sus ojos.

Todos los detalles son importantes.  Onofroff,  que se supone ya no ve nada, le pide tanteando las dos manos,  Es para excitar mi sistema nervioso- dice. Lleva las manos a la espalda y con ellas al espectador. Mantiene los brazos rígidamente extendidos hacia él, el torso recto, tirante, cargado hacia adelante respecto a la vertical. Su aspecto es de un hombre abstraído, ceñudo, serio. Está rígido. Como si intentara percibir algún tipo de indicio o sensación que para él es de vital importancia,  porque se juega su reputación, autoridad, incluso su honor. El climax alcanza su punto más álgido. Hay cosas, dice Wolff, que escapan al buril o al lápiz del artista.

Un instante después Onofroff palidecía. La tirantez, la tensión insoportable provocan una sacudida, seguida por una agitación interna que parece expresar un esfuerzo intensísimo de  concentración de todas sus facultades.

Cabeza, brazos, piernas oscilan como las ramas de árbol impelidas por el viento, escribe Wolff.  Entre el sugestionador y el espectador se establece, aparentemente, una corriente magnética durante el par de minutos en que sus manos están en contacto. El espectador experimenta las convulsiones y estremecimientos.

Súbitamente, Onofroff suelta las manos del espectador como sacudido por una descarga eléctrica.  Su voz suena distinta, ajena, lejana, aunque en ella permanece un resto de energía, vestigio de la  autoridad que la caracteriza.

¡Sígame usted de cerca!, ordena al espectador y desciende en su compañía hasta la platea. Allí ejecuta el mandato escrito en el papel elegido, sin que se interrumpan los estremecimientos convulsiones y calambres hasta que el público estalla en aplausos.

Con escasas variaciones, este fue el guión del comienzo del espectáculo de mentalismo al que asistió Dalí aquella noche de 1920. Seguramente no caería en la cuenta de los métodos empleados que expliqué en un artículo precedente al hablar de los fraudes del médium Argamasilla, descubiertos por el doctor Lafora y el ilusionista Harry Houdini (13). Son similares a lo que sucede en el juego de la Gallina Ciega. Tienen que ver con el apresto y tiesura de la venda, la tensión que adquiere al ser apretada, la contracción y distensión de los músculos de la cara, el uso del algodón en rama bajo la venda y la capacidad de interpretar las reacciones del rostro de los espectadores. Pero sobre todo tiene que ver con el comportamiento del sugestionador que simula temblores y torpezas, finge  vacilaciones,  y al final, cuando se despoja de la venda, permanece  uno o dos minutos con los ojos dolorosamente entornados, como si le costara regresar a la luz.

A Dalí, estos aspectos no le llamaban la atención. Se fijaba especialmente en las reacciones del público.  El espectáculo de Onofroff empezaba a mostrarle un mecanismo que tendrá una importancia decisiva en la creación de su propia obra. Algo que no es fácil de explicar. Los espectáculos de ilusionismo o prestidigitación ponen en

evidencia contenidos difíciles de definir que atraen irresistiblemente a los espectadores. Todo un mundo recóndito, oculto, velado  que intuyen y no se explican, un mundo subterráneo y reprimido  que rebosa las alcantarillas de la razón en esta clase de espectáculos.

¿En qué consiste?  Seguramente tampoco Dalí llegó a saberlo con precisión. Pero insuflará en sus obras esos contenidos oscuros, en ocasiones no visibles, siempre inquietantes, perversos o grotescos, generalmente cohibidos y degradados. Apetitos,  esperanzas, pulsiones, ilusiones, deseos, ambiciones, sueños que comparte con los espectadores.

Simulacro de un crimen


Otro de los experimentos predilectos de Onofroff consistía en adivinar el ejecutor de un crimen simulado. Para ello hacía subir a un espectador al escenario. Le vendaba los ojos y decía: Me acompañará usted al Salón de espera y quedará a mi lado. En ese intervalo ruego que otro  señor tenga a bien simular un crimen. Al efecto dejará sobre esta silla un puñal que tomará en sus manos y fingirá herir a otro caballero, escondiendo el puñal en cualquier lugar, volviendo a ocupar todos sus sitios. Cuando un tercer caballero nos avise que el crimen se ha cometido, volveremos este señor y yo.

Efectuados los preparativos, regresaba al escenario y pedía a cualquiera de los espectadores, que hubiera visto quién cometió el crimen y dónde el criminal había escondido el arma, que se acercara hasta él y le trasmitiera sus pensamientos. Cogía las manos del espectador y fingía concentrarse. Tras soltarle las manos le pedía: ¡Piense! ¡Piense! Y bajaba a la platea, dando tumbos, poseído de gran excitación,  precisa Wolff -  para señalar al espectador  que realizó el crimen. Mediante el mismo procedimiento, encontraba  a la víctima y el arma homicida.


Atracción



Salvador Dalí en pose de hipnotizador
Pero, sin duda, fueron los números que tenían que ver con la hipnosis, los que provocaron mayor interés en Dalí. A pesar de que en esta primera sesión, el fascinador no llega a convencerle de todo, Dalí comprueba que Onofroff domina, hipnotiza, convence, hace salir todo un universo reprimido del interior de su público.  Y se promete así mismo que el hará algo parecido con su obra, algún día.

Onofroff aseguraba tener lo que llamaba fuerza fluídica en las manos. Para demostrarlo formaba un círculo de jóvenes, sentados a su alrededor en el escenario. Al primero de la derecha le hacía ponerse en pie y le colocaba las manos sobre los hombros. 

A su contacto, como si de un imán se tratara, el  joven se sentía atraído por las manos del magnetizador y su cuerpo las seguía, hasta caer de espaldas. Onofroff, habitualmente detenía la caída. Aunque alguna vez no lo hacía, lo que provocaba gran efecto en el público. Solía escoger jóvenes robustos,  derribándoles como estatuas de mármol, según Wolff.  Les colocaba en una posición tal que se desmoronaban con una ligerísima presión. Se derrumbaban, privados de un punto de apoyo, por más fuertes y resistentes que fueran.

La realidad es que Onofroff no necesitaba hipnotizar para hipnotizar. Esa fue la eficaz  defensa de los hipnotizadores teatrales cuando se les acusaba en los tribunales de vulnerar la prohibición de practicar la hipnosis como entretenimiento. En su versión más simple, si el espectador elegido no cerraba los ojos ante la mirada fija del fascinador, Onofroff aproximaba los dedos hasta casi tocar sus párpados. El espectador cerraba los ojos y  Onofroff presionaba muy suavemente los párpados tres o cuatro veces.  Naturalmente al espectador le resultaba molesto  y desagradable y cerraba los ojos, aguardando una nueva presión. Entonces Onofroff  - dice Wolff- señalaba sus ojos cerrados y hacía un gesto de complicidad con el público como diciendo ¿veis, ya está hipnotizado? Y soplaba, inmediatamente, para despertarlo. A Dalí la experiencia le resulta fascinante para la imaginación pero no le resulta convincente del todo. Entre el público, también,  se enciende la polémica. En estado hipnótico algunos espectadores hacen cosas grotescas. La gente murmura que Onofroff emplea compinches. La sospecha perseguiría siempre al fascinador. Luis Cabañas Guevara, pseudónimo tras el que se ocultaban dos periodistas exiliados al terminar la guerra civil, incluso les pone nombres y apellidos, cuando Onofroff actúa en el Soriano de Barcelona, “Los revendedores se convirtieron en gananciosos empresarios del hipnotizador Onofroff en el Soriano de Barcelona. Después se supo que Onofroff tenía contratada una compañía de hipnotizados voluntarios, entre los que figuraba un zapatero de la calle Riereta y una exsonámbula, Quiteria Roqueta, hija de una comadrona de la “Franca Xica” que se llamaba Clementa Pona Urmaeta” (14).

En el caso de la representación del Teatro Jardí de Figueras, Dalí constata que los partidarios del magnetizador son más numerosos que sus detractores y la representación concluye con un aplauso cerrado.

Función final en el Círculo Sport Club


La mezcla de dudas y fascinación incita a los compañeros de Dalí en el Instituto a proponer a
Onofroff que actúe para ellos en un pase privado. Saben que existen precedentes. Onofroff acepta y la sesión se celebra en el  Círculo Sport Club. Ahora sí que no puede hacer trampa-  anota  Dalí en su diario. Al joven le atrae la blancura de los cabellos del fascinador y su acento extranjero. Los espectadores sometidos a las experiencias de sugestión y trasmisión del pensamiento son conocidos de todos. Aparentemente ofrecen garantías de no estar conchabados. Pero sólo aparentemente. No olvidemos los manejos del avispado secretario de Onofroff.

Lo cierto es que en aquella sesión, uno de los compañeros de Dalí, un tal Palet, se ofrece voluntario. Ahora va a dar esa flor a la señorita que más le guste, que más simpatía le inspire... Vaya ... – le ordena Onofroff – Y diciendo eso le coloca un pañuelo en las manos.

Con el andar incierto de un sonámbulo y el aspecto de un fantasma, Palet se dirige hacia una muchacha llamada Carme. Se detiene, titubea. De repente se hinca de rodillas y le ofrece el pañuelo como si de una flor se tratara. Carme no sabe dónde meterse .Está muerta de vergüenza.

¿Por qué he citado hace un momento al secretario? Porque entraba dentro de sus funciones encontrar personas dispuestas a realizar públicamente algo así, En los días previos a la actuación el secretario frecuentaba los cafés, clubes y casinos con la intención de descubrir a algún joven retraído e ingenuo, enamorado de una chica perteneciente a una familia acaudalada. Un joven que no se atreviera a declarar su amor a causa de las diferencias de fortuna. Entonces el astuto secretario se compromete a ayudarle.  Se muestra dispuesto a hablar con Onofroff para que durante su actuación, simule hipnotizarle, durante su actuación. Onofroff  le ordenará que entregue la flor que luce  en el ojal a la mujer que ama. Y ella no tendrá otra opción que aceptarle.

Dalí joven junto a su hermana Ana María
Una vez despierto, Palet aseguró que se dirigió a Carme por voluntad propia, Dalí ironiza al respecto. Le agrada el ambiente elegante del lugar: las copas de champán, los dulces, las trenzas rubias. Alguien toca a Albeniz al piano. Para Dalí  es un día distinto. Había descubierto la simetría entre lo que había contemplado en el escenario y los sueños que poblaban su cabeza, sus más transparentes pasiones. Según Javier Pérez Andújar (15) Carme estaba enamorada de Dalí y Dalí ensayó con ella toda la gama de sus sentimientos egotistas, su narcisismo y su paranoia, sin censura ninguna. Carme no logró librarse hasta su marcha a Madrid, cuando Dalí le anunció que no le escribiría jamás.
Con el tiempo Dalí se inspiró en las teorías de Freud sobre la interpretación de los sueños, para concebir un método para suscitar experiencias reprimidas.  El estado de hipnosis es una de las bases en las que se asienta su método paranoico-crítico. Desarrolló su propia técnica de auto hipnosis mediante imágenes hipnagógicas, es decir creadas en estados de duermevela.  Un universo entrevisto por primera vez a través de la ventana de un escenario y de las sugestiones escénicas de ese gran fascinador que fue Onofroff. Con él, Dalí descubrió la que tal vez es una de las claves de su capacidad de comunicación con el público, que hace que sus exposiciones superen en interés generalizado a las de casi cualquier otro pintor. Ya hemos hablado de ese contenido oscuro, ese magma de atavismos, inclinaciones,  afanes, anhelos, quimeras, ensueños, entelequias, y automatismos que el artista comparte con su público. Los seres humanos nos parecemos más los unos a los otros en nuestros sueños, - extrañamente parecidos, idénticos, repetidos, como evidencian los trabajos de Freud -  que en los momentos de  vigilia.
Notas
Decorados de Dalí  para Recuerda

(1) Una en el teatro Jardí y otra en el Círculo Sport.

(2)            DALÍ, Salvador (1904-1989):”Un diario. 1919-1920” págs.,  220-222 en Textos  autobiográficos, vol. I edición y prólogo de Félix, Fanés, Barcelona, Destino, 2003

(3)            WOLFF, C.: Hipnotismo teatral (sus farsas): Descubrimiento y descripción de todas las trampas de las que se han valido los principales “hipnotizadores, Casseneuve, Onofroff, Mariscal, etc… para sus experimentos en los teatros de Europa y América. Juan de Gassó, Editor. Barcelona. Sin Fecha.

(4)            Luego León Salvador fue muy conocido como charlatán de feria, apodado el rey de las subastas por su habilidad para vender relojes, cuchillas de afeitar de la marca Pieles rojas, etc… El hombre capaz de vender casi todo, y a todo el mundo durante más de cincuenta años recorrió las ferias de España. [ver GARCÍA, Mariano en León Salvador, el mejor charlatán de España reproduce las declaraciones a J-J. Benítez de Enrique Perna, ’El Perna’, un banderillero aragonés que fue durante muchos años ayudante de León Salvador] http://blogs.heraldo.es/tinta/?p=1208.

(5)            WOLFF, C.  Ibídem

(6)            TOUSSAINT, Jeff D: El otro lado del espejo: hipnosis teatral / Edición: 1ª ed. Editorial: [Madrid?]: Abadir Ediciones, 2012.

(7)            DURVILLE, Henri;  El hipnotismo teatral: Los fenómenos hipnóticos, magnéticos y sugestivos, pág., 3. Madrid: [s.n.], 1929 (Imp. Vallecas)
 (8)            ONOFROFF; H: L'hypnotisme à la portée de toutes les intelligences, Québec, Sin Fecha.

(9)             FERNÁNDEZ, Mauro A. comenta que los periódicos publicaron que tenía 31 años cuando actuó en Buenos Aires en 1895. Historia de la magia y el ilusionismo en la Argentina: (desde sus orígenes hasta el siglo XIX inclusive) / Mauro A. Fernández, "Fénix”; prólogo histórico de Teodoro Klein; prólogo mágico de Ricardo "Fantasio".  Buenos Aires: [s.n.], 1996 (Buenos Aires: Producciones Gráf.)

(10)         EL CABALLERO AUDAZ- Seud. de José María Carretero  (1888-1951): Galería: más de cien vidas extraordinarias contadas por sus protagonistas y comentadas / Madrid: Caballero Audaz, 1943-1948  vol. I.

(11)         WOLFF, C.  ibídem,

(12)         WOLFF, C.  ibídem,

(13)         MAYRATA, Ramón: Ramón Mayrata: Valle-Inclán, Harry Houdini y el hombre que tenía rayos X en los ojos, Frontera D. lhttp://www.fronterad.com/?q=valle-inclan-harry-houdini-y-hombre-que-tenia-rayos-x-en-ojos
 (14)          CABAÑAS GUEVARA, Luis: Biografía del Paralelo, 1894-1934, Barcelona, Memphis, 1945.] Luis Cabañas Vergara fue el pseudónimo empleado para publicar este libro por los periodistas exiliados tras la guerra civil  Màrius Aguilar i Diana (Huete, Cuenca, 1883;-  Montpellier, 1950?) y Rafael Moragas i Maseras (Barcelona 1883 - Estrasburgo 1966).

(15)         Según Javier Pérez Andújar Carme estaba enamorada de Salvador Dalí. Carme Roget era hija del dueño del café Emporium en Figueras. Para imponerla la esclavitud moral recurría al cinismo, a la hipocresía, a la mentira, a las falsas esperanzas y a la indiferencia. Ver PÉREZ ANDUJAR, Javier: Salvador Dalí. A la conquista de lo irracional. Madrid, Algaba, 2003.


martes, 9 de abril de 2013

Chesterton y la magia


Chesterton
            No voy a asegurar que Chesterton se convirtió al catolicismo gracias a la prestidigitación, pero casi. Escribió una obra teatral cuyo título y tema es la magia (1). Fue estrenada el 7 de noviembre de 1913 en The Little Theatre  de Londres, con dirección de Kenelm Foss (2) y puede considerarse un esbozo de las ideas esenciales que rondaban su cabeza,  madurarían  en los años siguientes e inspirarían su conversión al catolicismo.  Mediante una fábula convierte la necesidad de creer en un universo transcendente en un requisito para alcanzar la plenitud.

Paradójicamente fue el descreído  Bernard Shaw quien le impulsó, casi le forzó a aventurarse en el universo inquietante de las creencias (3). No sería la única paradoja. Con delicioso sentido del humor, Chesterton pondría en escena el hondo drama de la fe bajo la apariencia de una comedia fantástica cuyo protagonista es un mago.

A principios de siglo XX la magia vivía una edad de oro. Había sabido conjugar el desarrollo de técnicas propias con la incorporación de los avances científicos y las nuevas tecnologías, la inspiración de la literatura y las bellas artes para dar respuesta a los deseos de reencantamiento de un mundo al que triunfo del método científico privaba de misterio.

En Gran Bretaña el Egypcian Hall había sido uno de los laboratorios más activos y eficientes para la creación de las grandes ilusiones, desde que John Nevil Maskelyne (1839-1917) (4) en asociación con George Alfred Cooke (1825- 1905) lo convirtió en un teatro permanente de magia y realizó las primeras representaciones de larga duración.   Muerto Cooke, su nuevo socio David Devant (1868-1941) crearía obras maestras inolvidables como Mascot Moth, en la que una mujer disfrazada de polilla  se desmaterializa en el aire.


Okito

La popularidad de la magia alcanzó cotas altísimas. No era extraño que coincidieran en la cartelera hasta siete  espectáculos de primera fila  (5):  Okito (1875 – 1963)– inventor entre muchas ilusiones de la ensoñadora bola que lleva su nombre - en el teatro Alhambra;  Nelson Downs (1867 –1938), el fantástico manipulador de El sueño del avaro en el Empire;  Howard Thurston (1869 – 1936) -  sucesor de Kellar (1849 – 1922) al frente de su espectáculo y gran cartómago que desarrolló el efecto de la carta ascendente (Ring card) - en el Tívoli;  Paul Valadon (1867 – 1913) – que en el último momento fue descartado por Kellar -  en el Egyptian Hall; Le Roy (1865-1953) – creador de La levitación Asrah - en el Oxford y El Gran Lafayette  (1871-1911) -  que fascinó a su público con su versión exótica de La novia del león - en le Hippodrome.

Esta última ilusión sucedía el decorado de un harén persa. Un león se agitaba en una jaula en medio de in tumulto de malabaristas, volatineros, traga fuegos  y bailarinas orientales. Una de ellas se introduce con movimientos lánguidos en la jaula. Se estremece el león. Se remueve, se estira y se tensa a punto de saltar. De repente se despoja la piel y, en su lugar gran Lafayette (6).
Cesterton

El mago de Chesterton se basa sólo en parte en la observación de magos reales. Por ejemplo hace alusión al juego de la aparición de una pecera con peces de colores que ejecutaba con primor Chung Ling Soo. Pero para Chesterton la creencia en la magia halla su combustible en el paraíso de la infancia, época en la que cualquier cosa es maravilla y el mundo está repleto de milagros. En su Autobiografía (7) relata la primera imagen vista en su niñez: “Lo primero que recuerdo haber visto con mis ojos es un muchacho atravesando a pie un puente. Tenía un bigotito rizado y una actitud de confianza en sí mismo rayana en la jactancia. Llevaba en la mano una llave desmesurada de un metal amarillo brillante reluciente y sobre la cabeza una gran corona de oro o dorada. El puente que Atravesaba surgía en uno los extremos del borde de un peligroso precipicio al pie de unas montañas cuyas cumbres se alzaban majestuosas en la distancia hasta lo más alto de la torre de un castillo con demasiadas almenas. La torre del castillo tenía una ventana por la que asomaba una dama joven. No recuerdo en absoluto su aspecto pero me batiré con cualquiera que niegue su extraordinaria belleza” (8).

La honestidad de los magos y la honestidad de los niños


El  Chesterton  maduro reconstruye con minuciosa  nitidez  el mundo mágico del Chesterton niño. Una vivencia  medieval y caballeresca improbable en el caso del hijo de un corredor de fincas en el último tercio del siglo XIX en Inglaterra. Lo cierto es que esta imagen tan vívida no pertenecía a la vida sino al teatro. A un teatrillo de juguete construido y manipulado por su padre que se agazapó para siempre en su memoria. Chesterton decía que permanecía “detrás de sus pensamientos revelándole “los bastidores del teatro de las cosas” (9).

Y sin embargo no se trata de una ilusión. Está lejos de considerar el mundo real como un teatro a la manera de Calderón.  Disfruta del teatro aún a sabiendas de que es teatro. No se siente engañado al descubrir que el príncipe es un fantoche de cartón o el abismo una brecha entre dos corchos. Justamente lo que le atrae en el cartón, el corcho y la madera es la capacidad de convertirse en otra cosa sin dejar de ser lo que son. Nos basta recordar con qué facilidad transformábamos de niños el palo de una escoba en un caballo. Y no nos sorprendía que, sin solución de continuidad,  la escoba volviera a utilizarse  para barrer la habitación.  

El niño actúa como sí,  pero distingue con toda naturalidad  entre el fingir y el engañar. “Sencillamente – dice Chesterton - porque el niño comprende la naturaleza del arte, mucho antes de entender la naturaleza de la argumentación”.  El niño juega a que la bañera es un mar con olas que el mismo provoca. Crea imágenes que prosiguen su existencia en la imaginación. Pero no confunde la realidad con la ficción. Disfruta saltando de una a otra, No muy distinto es el planteamiento de un mago. La magia es yesca para la imaginación. Y en ese sentido tiene razón Juan Tamariz cuando afirma que la Magia prende cuando ese niño revive (10).

Chesterton efectúa una encarnizada defensa de la honestidad con que los niños contemplan el mundo que les rodea. Considera engañosos los términos que utilizamos los adultos para describir su manera de ver las cosas. No me parece que exista la menor sombra de falsedad en la claridad cristalina y la rectitud de la visión infantil de un palacio de hadas, o de un policía del país de las hadas. En un sentido, el niño cree mucho más que eso y, en otro sentido, mucho menos. No creo que el niño se deje engañar; o que por un momento se engañe a sí mismo. Creo que de inmediato establece su derecho directo y divino a disfrutar de la belleza; que se introduce en su propio y legítimo reino de la imaginación, sin retóricas ni preguntas, como surgen después de las falsas moralidades y filosofías, tocando la naturaleza de la mentira y de la verdad   (11).

“Mooreeffoc” y el reencantamiento


Chesterton
 
Tolkien (12) descubrió que Chesterton utilizaba el término  « mooreeffoc », a partir de Dickens (13) para designar  la extrañeza que provocan las cosas que la costumbre ha convertido en triviales, cuando las percibimos desde un ángulo distinto . Chesterton evoca el estupor que le suscitaba de niño la contemplación de un manzano como un manzano, capaz de hacer aparecer sólidas manzanas suspendidas de sus ramas.  La curiosidad universal y el interés por el sentido de las cosas son las actitudes básicas con las que percibe el universo. Alguna vez dijo que una cosa es asombrarse ante un dragón o un grifo, animales inexistentes. Pero otra,  y de muy superior condición, es el maravillarse ante un rinoceronte o una jirafa, animales que existen, aunque tienen todo el aspecto de pertenecer a la fantasía. Confieso que esta frase, leída en El libro del Tabú de Alan Watts, cuando era un adolescente, fue la llave que me condujo hasta Chesterton y la que mejor respondía a la pregunta que se formulaba Watts al inicio de su obra: ¿Qué debe saber una persona joven para estar bien informada sobre la vida?

¿Porqué – proseguía Watts – entre tantos mundos posibles, esta colosal y aparentemente innecesaria multitud de galaxias en un continuum espacio-tiempo, inexplicablemente curvo, estas miríadas de tubos de distintos tipos, todos jugando locamente a ser individuos, estas innumerables formas de existencia, desde la elegante arquitectura del copo de nieve o de las algas diatomeas hasta el fantástico esplendor del pavo real o del ave del paraíso? (14)

Sólo existen tres posibilidades: O todo es absurdo o todo tiene sentido o nosotros mismos otorgamos sentido a lo que no lo tiene. Elija el lector. Este dilema  convierte en emocionante nuestra existencia. Porque tenemos  la posibilidad de fracasar, de  optar por un sendero equivocado.

El papel de las leyendas


Chesterton
El dilema es apropiado para situarnos al comienzo de la obra teatral de Chesterton junto a dos personajes extraviados en el parque de una mansión de la campiña inglesa y quizá también extraviados en la vida. Los dos personajes están a punto de encontrarse. Ella es Patricia Carleon, sobrina del Duque, propietario de la finca y contempla el mundo con el asombro infantil que tanto atraía a Chesterton.  Una visión luminosa que he pretendido describir al principio de este artículo  y que Chesterton hace rebotar hasta los mismísimos cielos.  Porque Patricia considera que la realidad que le fascina y deslumbra, esa existencia a la que está agradecida, tienen un origen y fundamento sobrenatural.  De manera que Chesterton convierte una pregunta ingenua como creer o no creer en las hadas en una pregunta teológica.

El otro personaje que deambula por el parque y con el que Patricia se topará de bruces es un mago. Se hará pasar por un elfo para complacer a la muchacha. Es imposible no identificar la fascinación de Chesterton por la inocencia con la aceptación incondicional del cuento de hadas por parte de Patricia. Ella será la mediadora entre el mundo desencantado y el reencantamiento con el que sueña Chesterton. No olvidemos que hacía tiempo que Chesterton había declarado la guerra al escepticismo y se comportaba como un gallo de pelea frente a la modernidad. Tras sufrir una crisis existencial se apartó intelectual y vitalmente de las convicciones modernistas en las que había sido educado por su familia, según los parámetros de la clase media-alta victoriana.

Lo demoníaco



Devant y tras el un demonio

Será la intuición de la existencia del mal el detonante de su rechazo a los presupuestos positivistas y darwinianos de la ciencia, aprendidos sólidamente en la selecta Saint Paul's School. Una formación escogida que incluía una visión pagana de la antigüedad clásica, una concepción crítica respecto al papel de la religión, en especial la católica, en la historia y la cultura y la exaltación  de los valores del imperio, la democracia y el progreso.

 

En El demoníaco (15), ensayo que forma parte de su libro Enormes minucias, relata su encuentro con un hombre de características luciferinas que pasaba las noches en lugares donde no sentía yo deseo de seguirle ni aún con la imaginación. Durante el día ambos compartían estudios en una escuela de Arte que a Chesterton le parecían una forma más o menos divertida de perder el tiempo. Pero esas noches inimaginables no sugieren un camino de abyección, sino un verdadero pacto con el demonio. La existencia del mal suscita en Chesterton la convicción de que el demonio existe y justifica guerras, catástrofes, la enfermedad, la muerte y la degradación, la impotencia de los dioses y las limitaciones de la razón.

 

 

Hogart
Su compañero de estudios después de traspasar todos los límites, después de abolir las fronteras entre el bien y el mal,  se suicida. No sin antes abrir la rendija que le mostrará el infierno en la tierra.  O, tal vez – la inteligencia de Chesterton se nutre de paradojas – el furioso amor de Dios.

Esta es la clave del pensamiento de Chesterton sobre la magia. Desencadena  una controversia – en la que desactiva con habilidad la razón y la lógica, sobre lo posible y lo imposible, las apariencias, el azar y la casualidad, la fe, la ilusión, el engaño y las trampas. Cree en la magia. Pero no en nuestra magia prestidigitante, consecuencia del ingenio, el conocimiento y el arte para crear y transmitir sensaciones. Cree en otra magia que tiene su origen en supuestos poderes o intervenciones sobrenaturales.

La misma candorosa aceptación que estimula a Patricia Carleon a admitir los cuentos de hadas incita a Chesterton a aceptar lo que no llama magia negra.  Pero yo sí se lo llamo. Chesterton consideraba que la modernidad era un pedazo de tiempo podrido y decadente en la historia e intentaba encontrar una escapatoria para los atribulados habitantes del siglo XX. La fuga sólo podía dirigirse hacia el pasado.  ¿Qué podemos saber de lo que nos propondrá el futuro? Chesterton halló su refugio en la Edad Media.

Las ideas se encarnan en los personajes


Chesterton conversando
con Belloc y Baring

Pero ¡ojo! las ideas de Chesterton siempre tienen aspecto punzante, aunque a veces sean reediciones de doctrinas y creencias antiguas y desechadas. Pero tienen la virtud de clavarse como flechas en el cerebro y obligan a pensar las cosas de nuevo, desde el principio. El suyo es un teatro en el las ideas se encarnan en los personajes.

Cada uno de los siete personajes de Magia personifica una actitud ante la vida y mantiene opiniones propias, enfrentadas a las de los demás, sobre la ciencia, la religión, la modernidad, la política, el periodismo, la magia y la prestidigitación. Temas que preocupaban a Chesterton.

Siete son un médico seguro de su ciencia, un clérigo descreído, un aristócrata contemporizador, de un joven racionalista, un secretario sin imaginación y la joven  crédula de la que ya hemos hablado. Cuento seis. Falta uno para completar la septena: El mago que ofrecerá una sesión para todos ellos por encargo del duque, dueño de la mansión.

El duque es hombre liberal, afable, hostil a aceptar la supremacía de un punto vista sobre otro. Para Chesterton el relativismo y la aceptación de múltiples perspectivas para ver las cosas es el pecado original del liberalismo. El Duque considera, haciendo un chiste poco afortunado, que en la vida no hay nada incompatible excepto marido y mujer.

 Le obsesiona que todos se lleven bien. Es un convencido de la política del consenso. En ese sentido, está dispuesto  a apoyar causas políticas opuestas. Financia por igual al movimiento que encabeza el cura a favor de la apertura de una taberna y al que encabeza el doctor para evitarlo. Para Chesterton su noción del progreso se identifica con la fórmula magistral que formuló Lampedusa: que todo cambie para que todo siga igual.  

Una velada de magia

Devant ejecutando e
l pez educado

El grupo se reúne para asistir a la velada de magia. Fiel a su espíritu, el Duque pretende satisfacer por igual a su crédula sobrina Patricia y a su escéptico sobrino Morris. Al igual que el doctor y el clérigo, los Carleon mantienen puntos de vista  opuestos. Patricia aprendió en Irlanda que las hadas existen. Morris Carleon ha recibido en Norteamérica una formación científica incompatible con cualquier tipo de creencia irracional.

Antes de iniciar la sesión el mago ha planteado la primera incompatibilidad mediante una soberbia paradoja. Sale a colación el periodismo. El mago confiesa al Duque que antes fue periodista, pero que ambos oficios se sustentan en principios opuestos. El mago nunca explica las cosas que ocurren, mientras el periodista explica lo que no ocurre.

La llegada de Morris es avasalladora. Se detiene ante el velador del ilusionista y va cogiendo y despreciando cada uno de los objetos que lo invaden al tiempo que desvela los trucos que encubren: un doble fondo, un tiraje, una baraja trucada. 

Patricia le reprocha que destripe los juegos. El mago la interrumpe para decirle que hay algo que es mucho más importante que saber cómo una cosa se hace: Saber cómo hacerlo.

La sesión de magia discurre por un terreno inédito. Se convierte en un debate filosófico, aunque más pasional que razonado sobre lo verdadero y lo falso, el artificio, la ilusión y la artimaña. 

Morris considera que la prestidigitación moderna se compone de los antiguos milagros una vez desvelados. Al respecto discute con el reverendo Smith que le rebate con el argumento de que cuando hablamos de las cosas que son falsas, por lo general significa que son imitaciones de las cosas que son auténticas. Es decir que para que existan milagros, fantasmas o hadas escénicos y ficticios previamente tuvieron que existir sus patrones en la realidad. Esta es la posición con la que se identificaba Chesterton, pues veía en la prestidigitación un reflejo de lo sobrenatural.

Cuando hablan de un cuadro clavado en la pared este se mueve. Morris busca explicaciones. Se puede hacer con alambres. El prestidigitador asiente. Cae una silla. Morris se apresura a decir que se puede hacer con una tabla floja. El prestidigitador vuelve a asentir. Morris ha despreciado el más bello de sus juegos. La aparición de la pecera con los peces de colores. Por entonces, como ya he dicho, formaba parte del repertorio de Chung Ling Soo. A mí me gusta evocar la versión de Joseph Michael Hartz (1836- 1903) que pedía un sombrero prestado y sacaba de él toda clase de cosas. Entre ellas una pecera en la que nadaban peces de colores.

Para Morris no son más que pedazos de zanahorias que flotan en el agua. Se fija en la luz roja al fondo del jardín. Para él es la luz de la ciencia, una luz que ni la ignorancia ni la superstición pueden apagar. Ni siquiera alterar. La luz se vuelve azul.

Esta vez Morris no haya explicación alguna. Y enloquece. No puede concebir que sobreviva un misterio al examen de la razón.


El rostro (The Magician)
película de Bergman basada
en la obra de Chesterton
La realidad es que no existe explicación. El mago no ha ejecutado ningún truco. Sólo ha deseado con todas sus fuerzas que la luz cambie de color y así ha sucedido. Chesterton hace justo lo contrario que en las novelas de la saga del Padre Brown. En ellas presenta un misterio, plantea toda clase de explicaciones de carácter mágico o demoníaco y luego las desbarata, sustituyéndolas por soluciones relacionadas con la vida cotidiana, que nada tienen que ver con el otro mundo.

Con la arbitrariedad maravillosa y desenvuelta que le caracteriza Chesterton reemprende el camino opuesto al que hizo Reginald Scott un par de siglos antes. Scott frecuentó a los magos de su época para que le contaran cómo hacía sus trucos. Y lo escribió en un libro (13) con la intención de demostrar que utilizaban procedimientos naturales y así acabar de una vez por todas con la acusación de brujería que les llevaba a la hoguera.

Chesterton introduce en una sesión de prestidigitación de principio del siglo XX una causa sobrenatural. Evidentemente aquí está el truco. Chesterton hace prodigiosa prestidigitación con las palabras y con las ideas. Pero lo que resulta interesante es el efecto: la reacción de Morris. ¿Su locura es un exceso? Sin duda. Es una caricatura y no es probable que ningún racionalista alcance ese extremo. Pero su locura sirve a  Chesterton para denunciar lo que considera una actitud absurda por parte del hombre moderno incapaz de convivir con aquello que no puede comprender.

El hombre corriente – escribe - disfruta de salud porque acepta el misterio. Le preocupa lo verdadero y no sólo lo lógico. Y cuando se enfrenta con dos verdades y con la contradicción se queda con las dos verdades y la contradicción. Sabe que el mundo tiene sus leyes y eso es la ciencia, pero sabe que esas leyes se pueden alterar y, entonces, se produce el milagro.

 

Notas


1.     Chesterton, G. K. (1874-1936): Magia: una comedia fantástica / traducción de Vicente Corbi ; prólogo de Felipe Benítez Reyes; Sevilla : Espuela de Plata, 2010

Kenelm Foss
2.  GK Chesterton escribió Magic para Kenelm Foss que acababa de sobrevivir a una tuberculosis. Este actor, escritor, director y productor había nacido en 1885 en Croydon, Surrey, Inglaterra. Fue uno de los primeros directores de cine y llegó a escribir un Curso práctico de cine en diez lecciones, junto a Mary Pickford, y Charlie Chaplin. No abandonó el teatro. Estrenó El jardín de los cerezos  de Chejov en Inglaterra y produjo una obra de teatro en Broadway protagonizada por John Barrymore. La tuberculosis le complicó la existencia.

En 1925  inaguró un local de bocadillos en Londres al estilo de los bares de comida rápida que había conocido en América.  La carta llegó a tener 60 variedades de bocadillos. La barra del Sandy se convirtió el lugar preferido de los personajes populares en la décadas de los veinte y treinta. Lo frecuentaron  Charlie Chaplin, Noel Coward, George Bernard Shaw, Rex Harrison y el primer ministro Ramsey MacDonald. Tuvo éxito y fundó la cadena Sandys.

Su hija Fanny Burney publicó su biografía en 2007: Teatro, cine y bocadillos: la extraordinaria vida de Kenelm Foss ( Stage, Screen and Sandwiches: the Remarkable Life of Kenelm Foss, Londres, Athena Press, Abril, 2007).

3.     Bernard Shaw llegó amenazarle con seducir a su esposa si no escribía una obra teatr

4.     Maskelyne, John Nevil (1839-1917) :  Nuestra magia,   Madrid : Gema Navarro, D.L. 2011.

5.     El mismo día y en la misma calle afirma Noel Daniel en  Magic, 1400s-1950s / edited by Noel Daniel ; introduction by Ricky Jay ; essays and captions by Mike Caveney and Jim Steinmeyer : Köln : Taschen, cop. 2010 

6.     A la vida fascinante de este hombre dediqué un relato “El gran Lafayette” en Si me escuchas esta noche. Madrid : Mondadori, D.L. 1991  

7.     La edición más reciente es Chesterton, G. K. (1874-1936): Autobiografía; traducción y notas de Olivia de Miguel; Barcelona : Acantilado, 2003 

8.     Cito a partir de la edición Chesterton, G. K. (1874-1936) “Autobiografía” en Obras completas. I :[traducción del inglés por Antonio Marichalar, : 2ª ed.  Buenos Aires ; Barcelona [etc.] : Plaza & Janés, 1961

9.     Ibidem.

10.  Juan Tamariz: La Magia: Un mínimo intento de aproximación a definirla y acotarla (inexorablemente fallido) en El Adelantado de Indiana. Revista de literatura, arte y pensamiento sobre ciudades pequeñas, cuerpos que crecen, aquello que no cabe en  el mundo y carros voladores. (Recurso electrónico) http://www.depauw.edu/learn/adelantado/issue7/tamariz.html

11.  Chesterton sobre la forma de ver del niño en Autobiografía.

12.  J. R. R. Tolkien, "On Fairy Stories" in Tree and Leaf , págs. 77-78. Hay edición española: "Sobre los cuentos de hadas" en Arbol y hoja , traducción de Julio César Santoyo, José M. Santamaría y Luis Domènech, Ediciones Minotauro, Barcelona, 1994,

13.  Dickens utiliza  el anaciclico o  palabra espejo  Moor effoc en su Autobiografía inacabada.  Los anacíclicos son palabras que al ser leídas de derecha a izquierda dan lugar a otra palabra conocida. Dickens lee las palabras Coffe room invertidas en la cristalera de un café. Y cada vez que vuelve a encontrarlas su corazón se conmocione y se sumerge en los sueños.

14.  Alan Watts: El libro del tabú, Editorial Kairós, Barcelona, 1972, pág 12

15.  El demoníaco” en Enormes minucias, publicado en Obras Completas, I, Plaza y Janés, Barcelona, 1967.

16.  Reginald Scott: The Discovery of Witchcraft , London, 1584. http://history.hanover.edu/courses/excerpts/260scot.html