Criticas



 «Fantasmagoría»

JOAQUÍN ALBAICÍN- CULTURA TRANSVERSAL
 
Al otro lado del debate, Ramón Mayrata acaba de publicar Fantasmagoría. Magia, terror, mito y ciencia, singular y subyugante ensayo, tan...
 
 
 
 

 «Fantasmagoría», los espectros de la razón

ISMAEL BELDA - ABC Cultural

La historia de la magia, con su colección de trucos, efectos y misterios, nos lleva al asombro. Así lo demuestra el último ensayo -plagado de datos e imágenes- de Ramón Mayrata

 
 
 
Yolanda Yzart; El mundo tramposo,
La Sombra del Ciprés. Suplemento de Libros de El Norte de Castilla

 







Hablando de un refugio para lo imposible
en El ojo crítico
 

 

 

Ana Luengo:  La memoria de la vergüenza o los restos del imperio: la representación literaria del conflicto en el Sáhara Occidental en la novela contemporánea
         Iberoamericana (2001-) Año 12, No. 48 (Diciembre de 2012), pp. 7-20    
En este artículo se analizan dos novelas -El imperio desierto de Ramón Mayrata
(1992) y Mira si yo te querré de Luis Leante (2007)- que representan ese episodio
histórico e intentan ocupar un vacío en el campo literario actual. ...
    

        http://www.jstor.org/stable/23720445?seq=1#page_scan_tab_contents

 

 José Martínez Rubio: El conflicto saharaui durante la transición. La controversia de Juan Goytisolo en la revista 'Triunfo' y en 'El País'

... el conflicto saharaui, que pertenece también a la memoria histórica española, ha sido escasamente atendido por los diferentes registros de la narrativa española (Luengo, 2012). Pese a ello (o precisamente por ello) son de especial relevancia las novelas El imperio desierto (1992) de Ramón Mayrata, o Mira si yo te querré (Premio Alfaguara de Novela, 2007) de Luis Leante , la colección de cuentos editada por Mayrata, Relatos del 2 Sáhara español (2001) o el ensayo de Tomás Bárbulo La historia prohibida del Sáhara español (2002) .

 

MIRACIELOS

LOURDES ORTIZ




Una tiene a veces, muchas en los últimos tiempos, la sensación de que escribir no merece la pena: demasiados libros sin interés, caos editorial, vertiginosa muerte de la obra en los almacenes de los distribuidores. Los libros tienen una vida corta en el delirio de publicaciones sin tino y la desatención o el despiste de una crítica demasiado distraída o simplemente agobiada por el aluvión sin criterio de las publicaciones y unos libreros que no dan a basto y que ven pasar ias "novedades" por sus expositores como nubes pasajeras de una tarde de verano. Creo que, en momentos de depresión o de desaliento, todos o casi todos nos planteamos el sentido de lo que hacemos. Desde la modestiá y un cierto desánimo. No es que escribir en España sea ya llorar, es que escribir es más bien un ejercicio onanista y cabezón -tal vez lo ha sido siempre- voluntarista y casi cómico. Pero es lo que sabemos hacer, lo que nos gusta y...


Ese "y" con puntos suspensivos se llena de sentido cuando llega a nuestras manos una novela como la que hoy vamos a presentar. La belleza del mundo despl~gándose en un texto de 237 páginas. Y de nuevo la literatura, esa cualidad, la "literaria", tan vapuleada, suplantada, congelada en las críticas engañosas y en los libros de texto que seleccionan por la cantidad, la oportunidad ~á casualidad o la vejez del autor, adquiere toda su dimensión y recordamos que escribir es, un acto de creación único, un desafio contra el tiempo, un momento de eternidad que se multiplica en los posibles lectores - y no importa su número- y que las obras, las pocas que realmente merecen la pena quedan ahí como talismanes que despliegan ante nuestros ojos y nuestra mente un sinfin de preguntas y sobre todo el pasmo ante lo maravilloso, lo humano demasiado humano. Y volvemos, vuelvo a creer que intentarlo es un reto, al que ya no se puede renegar, que una sola página conseguida, un relato o una novela de esas que hemos amado abre un hueco en el tiempo y en la desolación y permanece devolviéndonos la alegría del estar vivos, pequeños e inmensos al mismo tiempo, nos regala la fascinación puñetera de la existencia que se trasciende, que se abre, que nos hace sagrados, dioses por un momento. Algo de lo inefable se nos transmite, aunque sean las palabras precisamente, las que logran el milagro.

Dirán ustedes que me estoy poniendo "estupenda" como diria Don Latino. Y probablemente tengan razón, porque nos da pudor, en esta confusión de topicazos y afirmaciones grandilocuentes que nos envuelve, intentar expresar con toda su grandeza la potencia de las sensaciones que nos embargan ante cualquier obra de arte, y sólo cierto distanciamiento irónico, cierto juego coqueto con las palabras parece salvarnos del abismo de la truculencia acartonada del ensayismo huero, al que estamos tan habituados. Hay que encontrar en cada caso el modo de transmitir las impresiones, las sensaciones y las ideas sin que las palabras traicionen, oculten o deformen aquello que realmente queremos expresar, huyendo de la retórica y de los conceptos manidos. Todo un ejercicio.

La novela de Ramón Mayrata, créanme, es una delicia, uno de esos bálsamos portentosos que nos reconcilian con la literatura. Y que a un escritor, a mí en este caso, nos producen esa sana envidia, que se convierte en estímulo. Puede hacerse. Desde las primeras páginas, Ramón Mayrata con esa sabiduría elegante, discreta y tierna de poeta y de mago abre la alcancía de las sorpresas, de la que brotan personajes, sueños, una atmósfera y un tiempo que vuelve a ser nuestro y una ciudad, la ciudad de Cadiz en una postguerra cosmopolita y cutre al mismo tiempo, ciudad de espías, de encontronazos, de despertares y fracasos.

A través de ese adolescente, convertido en guía por una ciudad fantasmal, hermosa y desdichada, tras los avatares y dolores y de la reciente guerra civil y con los ecos demasiado próximos de la segunda guerra mundial, volvemos a vivir ese momento de esplendor y miseria. Miraflores, ese personaje entrañable, el niño músico que atrapa el alma de Ealla en su guitarra nos va conduciendo por las entrañas de una ciudad que espera la resurrección y que apenas respira por las heridas de la guerra y la brutal dictadura de esos primeros años. Nc~vela de iniciación, de descubrimiento. Pero también recorrido por un pasado lejano y próximo al mismo tiempo, que se nos devuelve transcendido, convertido en un canto, un homenaje a la ciudad, al arte que se escapa por sus porós como refugio y respuesta.

La mirada de Mayrata es siempre una mirada cargada de amor por ~us personajes, y esa ternura del autor, se nos comunica en cada gesto, en la atmósfera de impotencia y belleza con que adorna a sus criaturas. Son tipos extraordinarios, envueltos en sus fraques deshilachados o demasiado grandes, artistas sometidos a la presión de un mundo cruel, hostil y carnicero, que sufren hambre y persecución, pero se salvan, aunque acaben siendo fusilados al amanecer o sufran la soledad, el miedo y la huida como único escape. Y ahí está su grandeza, la que nos conmueve y nos reconcilia con la vida. Son seres que como la sombra del poema caminan de pie, no se doblegan, que pueden entenderse y amarse desde la misma música - ese romance sin palabras entre el violín y la guitarra, ese contacto de dos almas que ni siquiera necesitan del encuentro de los cuerpos, que al final llega a producirse, para comunica.rse y adorarse - desde el cantar, o en la maravilla del tmco de magia que permite burlar al opresor bobalicón y torpe.



Hay un mundo de imágenes evocadoras que v~ene del cine, de esas películas sublimes que están ahí para siempre, como esa escena en la que los músicos perseguidos entonan la Marsellesa, coreada por el público sorprendido de ese Hotel Atlántico que es proa hacia la salvación al otro lado del mar. Son guiños al Iector, pequeños juegos cómplices, homenajes sutiles que se van deslizando a través de las páginas del libro a todo lo que representa la otra posible cara, la de luz, la libertad, la de la poesía o la auténtica vida, homenaje a los poetas del exilio, pero también a aquellos que han de tomar la alternativa con ese saludo discreto y cariñoso a Quiñones o a caballero Bonald, apenas insinuado en las últimas páginas del líbro, con ese humor fino que aligera eI drama y nos hace sonreír.

Una novela testimonio de una época oscura y triste y de todo el horror de las diferentes opresiones que es, al mismo tiempo, un canto de esperanza, de fe en el hombre y en la dignidad de un pueblo que sabe cantar y padecer en silencio, siglo tras siglo, dominación tras dominación. Sin que nada pueda apagar las voces, ni el sonido de la guitarra que gime y arroba a los paseantes, produciendo un milagro de suspensión del tiempo y de la desdicha. El Gran Olivares, el pequeño Friedrich con su violín, su miedo y su secreto, Assens, el períodista que no se rinde y muere de tifus en una ciudad pisoteada por las botas falangistas y el trapicheo del contrabando y el espionaje a favor del Eje; o la voz sabia de Romero Salvador, el hombre de otra época, el que sabe, soñó otra España, esa España de la razón y la ilustración y acaba murieñdo por un gesto pequeño, casi infantil de independencia y cordura frente a la brutalidad.

O esas mujeres fascinantes, de glamour y cóckteles exóticos, sacadas también del cine o de las revistas de moda de la época. Mujeres de la resistencia, de gabardina y trajes de seda ajustados o sombreros con velo insinuante que se recuestan en la barra del bar o en la barandilla del malecón. Y es que nuestra memoria y nuestra sensibilidad está hecha de cine, ese cine de los años cuarenta y cincuenta de hombres nobles que luchaban contra el mal con mayúscula y eran capaces de gestos heroicos. Tócalo otra vez, Sam.

Y en esa atmósfera densa, cargada de poesía y de delicadeza, que convierte al relato en un relato intemporal más allá de cualquíer testímonio de época, un relato sobre la dignidad humana y la belleza, sobre el amor y el sufrimiento que rescata volvemos a sentir la emoción, una emoción que no es ya sentimental, sino estética, pero al mismo tiempo cargada de reflexión ante ese universo de perdedores que guardan la semilla de lo único que verdaderamente merece ser guardado: la esencia misma y grandiosa de lo humano, lo que nadie, ningún tirano puede robar.





Y lo admirable de la novela es que, como en otras novelas de Ramón Mayrata, ese entramado de ligereza y gracia, está sostenido por una sólida, exhaustiva documentación que nos da una imagen nueva de esa postguerra maniquea y terrible. Un mundo cosmopolita donde se cruzan los intereses de una Europa en guerra con agentes del bando aliado que se juegan la vida y la ayuda descarada de Franco a los agentes alemanes para impedir el desembarco aliado en el Norte de Africa y facilitar el control del Estrecho a las tropas nazis.

Una novela de iniciación, ya lo he dicho, pero también una novela con una sólida estructura casi policiaca, donde poco a poco vamos desentrañando bajo la aparente normalidad cotidiana un mundo de acción, resistencia y sabotaje. Bajo el juego trivial, la resistencia política de personajes que bajo su capa de frivolidad se juegan la vida, luchando por una libertad que nunca ha de llegar para esa ciudad que queda aislada y sola cuando todos escapan. Sin que la promesa de libertad política y de liberación llegue a cumplirse. Pero es entonces cuando la auténtica libertad, la del individuo singular, el que no se doblega se despliega en toda su grandeza:
"Da miedo oírle tocar. Pero también fascina porque, medio loco como está, su guitarra ~elta babas, ríe, se envenea, canta, suda, se emborracha, se mea , tiene resacas, se encoleriza, se desgarra, se arruina. Incluso cuando no toca, cuando permanece horas y horas con las manos cruzadas bajo la nuca y los ojos, escuchar su silencio, que flota como aceite oscuro en las aguas de la bahía, es oír una libertad que resulta insólita a fuerza de ser evidente, porque siempre es insólita la libertad del individuo cuando es singular, inequívocamente suya..

La libertad de Miracielos es su libertad y la de nadie más. No depende de revoluciones, ni de leyes, ni de la declaración de derechos humanos para cumplirse. Quizá es rudimentaria, pero cierta e inmediata. Está hecha de indiferencia ante el dinero, de generosidad, de pasión y abandono ante la vida, de ironía ante la muerte. Y carga con ella siempre en cualquier circunstancia, incluso bajo los garrotazos de los guardias.Es una libertad que empieza y acaba con él"
En un mundo de perdedores y vencidos, la insólita libertad de Miracielos, su anarquía y su música salta por encima del tiempo como un fruto que no puede corromperse, a pesar de la soledad, del sufrimiento y de la muerte o la distancia de aquellos que uno ha amado. Por eso la novela de Mayrata es una novela de "gracias a la vida", como aquella canción tan hermosa de Violeta Parra. Gracias a la vida y a la música y al arte a pesar de los tiranos y las decepciones y los quebrantos y la muerte inútil, sin sentido de la pequeña Litzy , la sefardita que no puede partir. A pesar de los campos de exterminio y la desolación y los piojos. A pesar de la tosquedad de las botas militares y la torpeza cómica de los funcionarios, de los magos sin gracia que no han entendido, ni entenderán nunca que la magia como el arte es un don, algo profundo, una habilidad que no está en las manos sino en el alma.
No sé si he conseguido transmitirles con estas pocas palabras toda la dimensión de este bello libro. La belleza de sus metáforas, de las imágenes, esa verga que vuela, o ese momento en que el Hotel Atlántico " parece una carabela a punto de partir" cuando el cuerpo de Litzy sobresale del marco de la ventana como un mascarón de proa y sus senos duros se clavan en el vacío. Un vacío por donde el barco de salvación no parece llegar.

Una troupe de músicos judíos que esperan escapar del horror, un niño/niña, un mago al que le falta la mano derecha, un niño músico destartalado que lleva el cante en lo más hondo del pecho, una inglesa borracha y aventurera, que cree luchar por la libertad. Una novela inolvidable que dificilmente puede resumirse en una presentación como esta. Léanla ustedes. Es uno de esos libros que uno quisiera tener siempre en la mesilla, uno de esos a los que hay que volver una y otra vez porque cada página, encierra como la baraja en manos del mago artista, una nueva carta ue sale de la maga y una nueva sorpresa inesperada que arroja luz sobre el mundo y le hace brillar. Javier Sadaba escribió sobre Mayrata:"Su originalidad está en ser un poeta y saber escribir en prosa...en recoger lo que está a ras de tierra y hacerlo volar".
Ese hacer volar es la savia del escritor, del artista. Devolvernos lo cotidiano transfigurado para que crezca y se desparrame en cada uno de los lectores. Se lo digo a él y se lo digo a ustedes; esa sana envidia de la que les hablaba al principio, esa emoción que pocas veces siente uno ya cuando una nueva novela cae entre las. manos. MI mayor elogio es esas ganas de volver a escribir, ese desafio que me plantea un libro como éste. Pero no sólo como escritora. En un mundo, como el actual, cada vez más confuso y desatento, uno necesita de vez en cuando que alguien le recuerde que la vida es un don y que bajo el horror, la desesperanza y las sucesivas carnicerías, late la esperanza y esa libertad indomable; que uno abre la ventana y entra el sol y a nuestro lado hay tipos maravillosos que todos los días levantan el vuelo. Gracias.



POR ARTE DE MAGIA

Un libro de encantos

FERNANDO SAVATER




Cardini

Desde muy pequeño me han fascinado los trucos de magia: recuerdo las páginas dedicadas a juegos de manos en la incomparable Enciclopedia de la Juventud, los libros del padre Wenceslao Ciuró, las primeras cajas de magia con sus varitas mágicas de verdad y sus pañuelos rojos y verdes que brotaban de huevos de celuloide ... Por aquel entonces yo no quería ser «ilusionista» -título que luego he aprendido a respetar, pero que por aquella época asociaba al profesor de Formación del Espíritu Nacional- sino mago, auténtica y sencillamente mago. Lo cual era particularmente difícil, porque no hay nadie en el mundo más torpe con las extremidades superiores que un servidor: no soy prestímano, sino lentímano. El único juego de manos que he aprendido a hacer -y bien que lo padecen los lectores- es escribir a máquina. Fui un mago entusiasta pero bochornoso, el aprendiz de brujo al que la escoba jamás obedeció, el hechicero destrozón al que sus conejos terminaron metiendo a viva fuerza dentro de un sombrero de copa. Por eso, porque nunca he sabido hacerlos bien, los trucos de magia me parecen lo más mágico de todo, algo aún más encantador que una magia sin trucos. Cuando leo una de esas enrevesadas descripciones de bolitas que van y vienen sostenidas por quién sabe qué anfractuosidades misteriosas de los dedos, nudos imposibles que se desenredan de golpe merced a ganchito s de alambre más imposibles si cabe, cartas que reptan por el dorso de la mano y dobles fondos capaces de no revelar inoportunamente su contenido, me parece que estoy viendo magia a cámara lenta: el más difícil todavía. Para mí es menos maravilloso creer en la magia sobrenatural que en trucos que salgan realmente bien. Por eso, cuando un mago eficaz me deslumbra con alguno de sus juegos, me apresuro a rogarle que no me revele su truco: no, por favor, me es más fácil admitir el milagro puro que su prodigioso mecanismo ... 

Juan Tamariz



La historia del ilusionismo no es tanto la crónica de la credulidad humana (papel que más bien cumple la historia tout court), como la de la inagotable capacidad de asombro que guardan las apariencias. Lo que vemos es maravilloso, pero la rutina y la familiaridad han ido limando su virtud de embobarnos; hace falta el mago para hacernos ver junto a cada cosa la maravilla siempre nueva de lo que podríamos ver, de lo que quizás hemos visto aunque sea imposible. Gracias a lo que el mago nos revela y nos oculta, reinventamos la estupefacción originaria ante lo real y nos fascina de nuevo esa superficie del mundo que es lo más profundo de cada cosa. Ramón Mayrata ha emprendido la tarea de contar la saga de los grandes embaucadores, de los limpios hechiceros cuyas verdades de mentira son mucho más liberadoras -y por tanto auténticas- que tantas mentiras de verdad como se nos cuentan. Le asesora en esta tarea mi admirado Juan Tamariz, ese genial Woody Allen del ilusionismo español. En esta primera entrega de una obra que afortunadamente promete continuar se nos habla de los grandes prestidigitadores; de Jerónimo Scotto, que hizo aparecer para el arzobispo de Colonia el rostro de la mujer más bella de la ciudad en un espejo mágico y causó la perdición de su eminencia, de Nelson Downs y su catarata de dólares brota¬dos de la nada, de Mister Cardini (¿a qué me sonará a mí este nombre?), que fingía hacer magia a pesar suyo, de John Henry Anderson, el Gran Brujo del Norte ... Y se traza magistralmente la cautivadora historia de los autómatas, desde el terrible Talas que compuso Vulcano para el rey Minas de Creta hasta el jugador de ajedrez de Maelzel, que intrigó a Edgar Allan Poe, pasando por el didáctico y un tanto escatológico pato de Vaucanson. Un mínimo reparo: en el capítulo dedicado a la voz de los autómatas, hecho de menos una referencia al pavoroso buey de Falaris: se trataba de una escultura hecha en oro y bronce, dentro de la cual el cruel tirano Falaris (de quien habla con abominación Aristóteles en su Ética a Nicómaco) encerraba a sus enemigos, para luego calentar la estatua al rojo: los aullidos del desdichado recluso, al salir por la boca hábilmente dispuesta del buey, sonaban como un armónico canto ... Kierkegaard ve en este instrumento de tortura una metáfora de su propia alma de pensador atormentado por el desafío de la fe.

Con Fernando Savater y el Gran Wyoming
Pero este libro de encantos tiene aún otro, el más importante de todos: está excelentemente escrito. Ramón Mayrata es un estilista que sigue con humor y brío la vía de Gómez de la Serna o José Bergamín, logrando en algunas ocasiones (la historia de Robert-Houdin, por ejemplo) páginas de narración fantástica no indignas de un Charles Nodier. Este libro erudito e informativo es ante todo una deliciosa pieza literaria, que puede ser paladeada incluso por quienes no hayan sentido nunca particular interés por el ilusionismo. Pues la literatura, como sabe bien Ramón Mayrata, es noble magia con truco, sí, pero sin trampa ni cartón; capaz de provocar el más espontáneo milagro, como aquel Maese Gonin que deslumbraba a los transeúntes del Pont-Neuf del París medieval, espolvoreando un poco de arena en la palma de la mano y haciendo brotar de inmediato un fresco ramo de flores.


* A propósito de Por arte de magia. Una historia del ilusionismo, de Ramón Mayrata, en Fernando Savater: Sobre vivir, Editorial Ariel






RELATOS DEL SAHARA ESPAÑOL

Francisco Otero





El siglo XIX con la revolución industrial y el imperialismo fue la época de los grandes viajes. El desarrollo de la ciencia y de la técnica, los nuevos medios de comunicación, la gran expansión comercial de Europa, la búsqueda de nuevos mercados y de materias primas para abastecer a la industria promovieron e impulsaron vigorosamente la expansión europea sobre nuevos territorios en busca de un mejor y más preciso conocimiento de la Tierra.

Los gobiernos de las grandes potencias sabían perfectamente que la Tierra pertenecería a quien la conociera mejor. Comenzó, así, una tenaz carrera por conocer y someter el espacio terrestre. Es entonces cuando se realizaron viajes promovidos por motivos científicos y de investigación, viajes de exploración y de descubrimiento de nuevos territorios. Se llevaron a cabo expediciones a los lugares más alejados, difíciles, escondidos y exóticos de la Tierra que tuvieron la virtud de suprimir los obstáculos y los límites geográficos.

Muchos de estos viajeros dejaron por escrito sus impresiones y sus descripciones de los lugares que visitaban. Gracias a ellos podemos hoy gozar de unas páginas palpitantes de vida sobre la observación directa de una realidad diferente.

En este sentido, un pionero fue el singular y sugestivo personaje Domingo Badía ( 1767-1818), viajero, explorador y agente de Godoy, que escribió "Viajes de Ali Bey por Asia y África" (1814); libro en el que, al modo de los viajeros científicos de la Ilustración, observa, anota y documenta los usos y costumbres, la política, el comercio y la naturaleza de las tierras que visita, con el fin de proporcionar y transmitir informaciones y materiales que fueran útiles para la sociedad.

Después de su primer viaje, a su regreso a Madrid, fue nombrado por José I Intendente de Segovia el 25 de septiembre de 1809. Durante medio año estuvo a su cargo el gobierno de la provincia en medio de una gran impopularidad, según el testimonio de don Félix Torres Amat, entonces canónigo de la Granja de San Ildefonso: "Oíamos la voz popular de que era un judío, que estaba circuncidado, que había sido musulmán y mil otras especies con que el pueblo se complacía en presentarle no solo como afrancesado, sino como masón, impío, etc..."

La exploración de la Naturaleza virgen y hostil era un reto fascinante para los primeros viajeros. El desierto con su inmensa horizontalidad vacía y con su desolación encarnaba el mito de la ausencia de vida, y su travesía se convirtió en el paradigma del moderno descubridor.

Acaba de aparecer en las librerías "Relatos sobre el Sáhara español", con prólogo y selección de Ramón Mayrata (Madrid, 1952). Mayrata es, a su vez, autor de relatos y de una novela, "El imperio desierto", 1992, que tienen como marco histórico-geográfico el Sáhara. Es un buen conocedor de aquellas desoladas tierras y de sus gentes nómadas con las que compartió su imprevisto destino en el difícil tránsito hacia su constitución en nación, como antropólogo de la Comisión de Estudios Históricos, en defensa de la identidad cultural y política de aquel pueblo. Su atracción por la magia del mundo oriental le llevó a escribir una biografía novelada de Domingo Badía, "Ali Bey el Abasí" (1995). Estos relatos son una antología con los testimonios, historias, descripciones y recuerdos de una treintena de personas de la más variada condición y oficio que han vivido su particular experiencia del gran desierto: manuscritos de jefes saharauis, visiones de viajeros, exploradores, intérpretes, militares, aviadores, naturalistas, botánicos, geólogos, antropólogos...

Cada autor tras una minuciosa exploración y observación de aquella tierra incontrolable, describe y registra de una manera natural y directa todo lo que fascina y cautiva sus sentidos. A veces, los textos, las crónicas y los relatos se convierten en verdaderos poemas en prosa gracias a su aliento lírico o épico.

El autor de esta selección ha seguido en su ordenación un criterio temático y cronológico, lo que facilita una lectura del trasfondo histórico necesario para entender el Sáhara.

En el relato con el que se abre el libro, el Cheij Ma el Ainin (1836) define a su tierra como "el país que no conoce sultán ni dinero". Las dificultades que ofrecía el terreno en los grandes desiertos defendieron a esas tierras, por algún tiempo, del afán colonizador de los europeos.

Cristóbal Benítez, intérprete de Oskar Lenz en su viaje hasta Tombouctú, nos
deja un relato en el que vive el viaje por el desierto como una turbadora aventura que le eleva sobre los demás mortales.

Julio Cervera (1854-1936), ingeniero y explorador, comisionado junto a Francisco Quiroga por la Sociedad Española de Geografía Comercial, lo que es una muestra más de la conexión de geografía y fines coloniales, escribe un documento estremecedor, "Confieso que casi me vuelvo loco". El vocabulario de la narración gira en torno al peligro de perder la vida, al hambre, la sed, el calor insufrible, la enfermedad, la traición, el engaño, la desesperación.

En 1914 casi toda África estaba sometida al dominio colonial, sobre todo francés y británico. En España, el deseo de resarcirse en África de la pérdida de las últimas colonias, hizo que los gobiernos de Alfonso XIII se embarcaran en una prolongada, sangrienta e impopular guerra en el Norte de Marruecos. El tratado secreto con Francia en 1904 fijó los límites entre los dos protectorados. La guerra con las tribus rifeñas continuó entre 1909 y 1927.
Francisco Bens (1867-1949), gobernador durante veintidós años de Río de Oro, de 1903 a 1925, ejemplifica, al igual que Domingo Badía, Ali Bey el Abasí, la escisión entre el mundo occidental, al que termina rechazando y la fascinación que el desierto y lo oriental ejercen sobre él, hasta el punto de que a su regreso no es capaz de reintegrarse a la vida social en Madrid, en donde continuamente añora la vida en el Sáhara, cae en una profunda depresión y esta a punto de volverse loco, curiosamente por motivos completamente opuestos a los de Julio Cervera.

La descripción de ciudades exóticas, como Smara, por Michel de Vieuchange, es un relato entrecortado a causa de la debilidad física del viajero francés que, enfermo, realiza un penosísimo y peligroso viaje a Smara metido en una banasta de mimbre y disfrazado de mujer. El 7 de noviembre de 1930 recorre febrilmente durante unas horas la ciudad dormida, la registra tanto en su retina como con su cámara y, por fin, la abandona dejando un escrito metido en un frasco al que entierra al modo de una señal o marca de su paso.
En otro texto, que cuenta la ocupación de Smara cuatro años más tarde por las tropas españolas, se relata el hallazgo del mensaje de Vieuchange.
Otro apartado de los relatos seleccionados por el antólogo está dedicado a la narración de expediciones científicas llevadas a cabo por geólogos, botánicos, antropólogos, etc, en las que hallamos valiosos y desconocidos datos sobre las clases de vientos en el desierto, las dunas, catalogación del paisaje vegetal y animal, el descubrimiento de los fosfatos, etc, que se enmarcan dentro de la curiosidad científica e investigadora que se desarrolló en aquellos años.

España y el Sáhara
Las tres últimas secciones del libro, tituladas La guerra de 1958, La descolonización fallida y La guerra con Marruecos, inciden en la reciente historia de la política de España y su relación con aquellas tierras de África.
De noviembre de 1957 a febrero de 1958 tuvo lugar una guerra no declarada que produjo, por parte española 198 muertos, 574 heridos y 86 desaparecidos. El 1 de abril de 1958 se firmó la paz entre España y Mohamed V, quien entregó 40 prisioneros de guerra españoles y cinco civiles. España cedió Tarfaia a Marruecos.

En estos relatos del Sáhara encontramos testimonios de operaciones militares y de guerra escritos de primera mano por un teniente y por un técnico de señales marítimas. También somos testigos de una operación conjunta con las tropas francesas.

En La descolonización fallida, los textos literarios seleccionados son el complemento del proceso histórico que se desarrolló en el Sáhara y que quedó en nuestra memoria asociado a la agonía de Franco y a la Marcha Verde. España negoció con Marruecos un acuerdo de retirada del Sáhara que equivalía a su entrega.

En la larga marcha del pueblo saharaui desde la descolonización que ya dura más de 25 años, las resoluciones de Naciones Unidas se han ido haciendo cada vez más favorables a las tesis y a los intereses de Marruecos hasta hacer cambiar su sentido original, que era favorable a la autodeterminación del Sáhara.

Al día de hoy los saharauis siguen esperando la realización de un referéndum al que Marruecos ha boicoteado repetidamente. Mientras, el plan Baker propone una autonomía restringida del Sáhara en el marco del Reino de Marruecos.

Quizá, en estos relatos bellamente editados y con ilustraciones de Genaro Lahuerta (Valencia, 1905), encuentre el lector el espíritu libre de un pueblo sobre el que no ha reinado monarca alguno.

* Publicado en El Adelantado de Segovia. 09/02/2002

 

RELATOS DEL SAHARA ESPAÑOL

El libro de arena

Juan Ángel Juristo





Un país de una extensión aproximada a la mitad del territorio español, con unos modelos culturales y económicos propios de una sociedad nómada, lo oral juega aquí carta de naturaleza esencial, un único oasis en un inmenso desierto de arena, una enorme llanura bañada por el Atlántico y rica en minerales juzgados antaño como estratégicos, conquistada a trancas y barrancas mediando siglos, una descolonización desastrosa, una guerra que va ya para veinte años...

El paisaje de una tierra

Éste es el paisaje de una tierra, el antiguo Sáhara español, del que se nutre esta loable antología de relatos donde todos, salvo uno, justamente debido al que se podría denominar fundador político de este pueblo, suponen una mirada europea, que se dilata a lo largo de más de un siglo, a una tierra cuyos perfiles les son ajenos en un principio pero que, de una u otra manera, sucumben a su fascinación. Desde luego que los motivos de esa rendición son múltiples, algunos no muy alejados del mero trapicheo imperial, pero lo que tiene de válida esta antología es que con muy escasos materiales da una idea muy completa, y no sólo histórica pues el abanico de lo que se ofrece acoge la aventura, la visión del exotismo, el interés científico, antropológico, literario..., de la realidad de un pueblo y de una manera de entender el mundo, lo nómada es así sinónimo de dignidad y libertad humanas, que todavía hoy se juega su propio destino. La edición, cuya selección de textos y prólogo corresponden a Ramón Mayrata, formaba parte de la Comisión de Estudios Históricos del Sáhara que consiguió un dictamen favorable del Tribunal de La Haya sobre la independencia del territorio, y su primera novela, El imperio desierto, es fruto en parte de estas experiencias, se acompaña de unos bellos dibujos y pinturas de Genaro Lahuerta de los que realizó en una expedición por África allá por 1953.

Destacar algún relato de entre los incluidos en esta antología es labor ímproba, plagada de dificultades, por motivos varios, la multiplicidad de estilos y disciplinas no es desde luego el menor de ellos, al igual que la calidad literaria de lo escogido. Desde luego el primero, el de Ma el Ainin, perteneciente a un viaje donde describe su visita a La Meca, y donde se recoge una intensa y lúcida discusión con  musulmanes de diversos orígenes sobre las características de su pueblo, "no conocen sultán ni dinero", debería ser la piedra angular en la que girasen los demás, y así ha parecido entenderlo el antólogo al otorgarle carácter fundacional. Desde luego, y esto por motivaciones muy distintas, el choque con "el Otro" por parte de los europeos, y aquí prima el rigor de lo expuesto a la vez que se mezcla con una tendencia a justificar asentamientos y motivar al lector al interés por "lo exótico": tal las finas observaciones de Cristóbal Benítez en su viaje hacia Tombuctú, la contrapartida irónica vendría hacia las mismas fechas con un cuento de Guy de Maupassant; tal el recogido en forma de diario por el corresponsal de El Día donde se da cuenta del asentamiento de la factoría inglesa de Donald Mackenzie y donde se escapan frases sin pretendido interés literario que recuerdan al Joseph Conrad más inquietante: "De noche lució un faro rojo sobre la azotea de la casa de Mackenzie. Es la única luz que brilla en la costa de África desde el cabo Espartel hasta el Senegal". No lo tenía mejor Lord Jim.

* Publicado en ABC CULTURAL. 09/02/2002