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Fotografía: Amadeo Olmos

                                         

Gaya, guardián del esplendor

Ramón Mayrata



Gaya: La bañista, 1955
Gaya tenía su propia manera de ver las cosas. Al escribir sobre pintura en España, en México o en Italia no se atenía a los modos y ceremonias de lo que se denomina crítica de arte. Sin embargo sus credenciales para abordar la materia eran irreprochables. Se trataba al tiempo de un sutil pintor y de un incisivo escritor. Era también un hombre independiente, es decir que no callaba lo que pensaba. Lo demostró en París, tras entrar en contacto con las vanguardias, al responder a Jorge Guillén que a él lo que verdaderamente le interesaba era el Museo del Prado. Lo demostró en plena guerra civil, en sus polémicas con Renau en la revista Hora España, negándose a hacer de su arte un mero instrumento de propaganda política. Lo demostró en México, al valorar sin gesticulaciones al grabador José Guadalupe Posada, lo que le valió la inquina de la hinchada criolla y un intento de expulsión del país. ¡Tantas gentes irritadas! Pintoresca y dramáticamente irritadas si, pero a las que les resultaba difícil desecharle por irrelevante, pues era sagaz y coherente, además de gran observador, y muy preciso con las palabras.

Es arriesgado, cuando se trata de ideas, hablar con voz propia de uno mismo. Gaya utilizaba un puñado de palabras a las que había limpiado la sarna del diccionario. Palabras vaciadas para recoger el rocío de la emoción. En consecuencia, también decía lo que sentía. Lo que no significaba que necesariamente tuviera razón. Nunca se caracterizó por la ecuanimidad. Pero ponía sobre la mesa su verdad y siempre resultaba interesante. Sus planteamientos no servían para estar de acuerdo con ellos, sino para dar que pensar.

Sus propósitos sobre las vanguardias compartieron algunas fascinaciones y un generalizado rechazo. Pero no era un desmitificador, ni un satírico. Era un pintor que pensaba, de manera singular y no repetible. Sus ideas reproducidas por otras bocas sin su experiencia y legitimidad, pueden resultar pedantescas o cargantes. Aquel hombre maravillosamente arbitrario jamás arruinó la buena fe de nadie, pero soliviantó al superficial e inquietó al vago.

Muchísimas veces he pensado que algunos pintores dibujan en nuestra memoria. En mis recuerdos Gaya desencadena algo que va más allá de las imágenes. Veo sus ojos empequeñeciéndose a medida que la imagen interior se adelgaza y fluye por las líneas libres del boceto. Son imágenes que se escabullen de lo obvio, en las que lo que aparece no es lo que nos intriga, sino lo que desaparece. Deseaba pintar aquello que ofrece resistencia a ser pintado. De ahí su recurso al boceto. Deseaba escribir aquello que ofrece resistencia a ser escrito. De ahí su complacencia con los puntos suspensivos.

Sí, Gaya tenía su propia manera de ver las cosas. Su padre supo ver la semilla a partir de la cual se iba a desarrollar la vida de un niño de siete años que decide no ir a la escuela para dedicarse a dibujar. Con tanta seriedad y determinación que no cupo la réplica paterna. Quizá esta obstinación le valió crearse fama de hombre agrio. Si tratta di un uomo terribile, repetía Elena Croce. Yo conocí sólo el reverso, benévolo y generoso, de su carácter destruido mil veces y siempre indemne. En el azul del más antiguo de sus recuerdos se dibujaba una rama de níspero contemplada desde la cuna. Quizás esta imagen, nunca borrada, le preservó de la dureza de otras muchas. La derrota, la muerte de su esposa Fe como consecuencia de un bombardeo, el campo de concentración, la inquietud y apatía de los días de Francia, la separación de su hija Alicia, la dura travesía del Sinaia, la soledad en el destierro, el difícil reencuentro con su hija, la decepción del retorno a España, la sensación de abandono en una pensión de Barcelona… Pero evitó que la lustración y el desencanto deformaran el mundo que le rodea, privándole de su movimiento y expresión. Gaya afirmaba que un arte desesperado es un contrasentido. Tenía mucho de dandy en medio del horror y de la mugre del siglo XX. Al dandy se le reconoce en la desdicha. En realidad casi todas las cosas, desde luego las más hondas, pero también las más desenfadadas y frescas tienen lugar en la vecindad de terribles guerras y conflictos inacabables. Pero quizá sin esa rama de níspero no hubiera preservado la limpieza y la inocencia en sus ojos, no hubiera podido apreciar lo mejor que le puede suceder a alguien y le sucedió a él mismo: El amor final, prodigioso, impensado que recrea maravillosamente una vida cuando se sentía a punto de extinguirse.

En cuanto a los maestros… En sus días de México, Gaya vivía rodeado de reproducciones, fiel a la gran pintura europea. Había escogido a sus interlocutores un poco más allá de la última moda académica, en una comunidad más amplia que, sorteando el tiempo y el espacio, convertía en sus contemporáneos a todos aquellos que, a su juicio, se habían acercado al tesoro que buscaba. Para algunos esta clase de amistad es la única verdadera.

En ocasiones, la obra de Gaya también se compone de imágenes Pero esas imágenes a veces adquieren otra vida que es capaz de provocar la pintura. Un reflejo, un chorro de luz, un chorro de pintura. El reflejo – escribe - esa extraña osamenta que impide que el agua se diluya en sí misma. Las huellas del artista se borran. La materia informe anhela y descubre la forma. Como el agua el vaso. ¡Esos prodigiosos vasos de Gaya, en sus cuadros y en las repisas de su estudio, donde el vacío se llena de luz!




Las heridas de Antígona

Justicia y piedad según Natalia Ginzburg


Ramón Mayrata

(Publicado en El Norte de Castilla)


El nombre de Natalia Levi apenas dice nada. Pertenece a una muchacha nacida en Palermo, de apellido hebreo. De hecho, su padre fue encarcelado y procesado por antifascismo, junto a sus tres hermanos. Su infancia y adolescencia estuvieron marcadas por la adversidad, la tragedia y la muerte. Desde niña buscó consuelo en la escritura. Años después, Natalia mientras escribía este pequeño libro sentía que un lobo pasaba entre sus pensamientos. La historia de una niña adoptada, Serena Cruz, había reavivado el horror y la repulsa de pasadas tragedias. Para ella los años de la guerra fueron también tiempos de persecución. Su marido murió en prisión, con la mandíbula rota.  Adoptó su apellido para firmar su propia obra en la que  afrontó las demoledoras consecuencias del conflicto. Revolverse contra las injusticias sociales y hacer frente a la ausencia de valores, la soledad y la incomunicación, se convirtieron en un mandato. Su deseo de reflejar la realidad inmediata, encontró inspiración en el caso real de Serena Cruz, que dividió Italia en dos fracciones enfrentadas.

Natalia Ginzburg
Cuando los nuevos padres de Serena fueron acusados de irregularidades en el proceso de adopción, la ley fue concluyente: La niña debía ser  apartada de ellos. Natalia Ginzburg adoptó la perspectiva de los que han sufrido y se situó del lado de la más desvalida. Exigió que se tuvieran en cuenta los deseos de  la niña que ya había establecido con sus nuevos padres y hermano vínculos de afecto. Había hecho del conocimiento interior, a través del sueño y de la memoria, la clave de sus escritos. Demostró que también era capaz de trasmitir sus intuiciones y desasosiegos con la contundencia de un panfleto.
Al otro lado de la trinchera se hallaba Norberto Bobbio. En  ámbitos democráticos, el filósofo era la referencia  intelectual y moral más respetada en el siglo XX, Señaló la contradicción entre el corazón y la razón, afirmando que eran irreconciliables. La Ginzburg repuso que ningún razonamiento puede suplantar lo  que ve con sus propios ojos y que no puede existir justicia sin piedad. Problema de un enorme calado. Bobbio afirmaba que la justicia no admite un doble rostro. La ley debe ser igual para todos. No es posible adaptarla de manera específica a cada caso. Por otra parte, aquella ley resultaba ejemplar. Había sido aprobada por unanimidad, con la participación de expertos y la intención de proteger a los niños, desactivando el mercado clandestino de adopción.
Si Bobbio era certero en sus razonamientos jurídicos, la Ginzburg lo era también al perfilar sus sentimientos. Se había iniciado en la literatura tras los pasos de Chéjov. Del maestro admiraba la concisión. Comprendió que en literatura el azar se confunde con la indiferencia y es ineludible conjurarlo. Eligió escribir sólo sobre aquello que amaba. Y adquirió un sorprendente poder para levantar la piel de los seres y mostrar su interior. Las palabras tocan, ven, huelen, saben, en este texto.
Nada les es extraño. A la ley sí: Los sentimientos le son extraños. De este modo la Ginsburg abríó de nuevo las heridas incurables de Antígona. A Bobbio le correspondió el papel de Creso, defender la razón de Estado, el  bien supremo de la comunidad. Allí, donde habitan los sentimientos, la ley  no es el amo. Y eso es precisamente lo que olvidó Bobbio/ Creonte. Lo que no tiene en cuenta  el ideal ilustrado. La Ginzburg, sostuvo con firmeza que el fin de proteger la universalidad de los niños no justifica una acción cruel realizada sobre la persona de un solo niño.
¿Qué pasó después? Sabemos que ventiún años después una joven llamada Camila utilizó los procedimientos de un detective para volver a encontrar a su familia de adopción. Renunció a su nombre, recuperó el de Serena Cruz y reemprendió la vida junto a ellos.

La historia me evoca una extraña metáfora que empleara Wittgenstein:  Si un día alguien escribiese en un libro las verdades éticas, expresando qué es el bien y qué es el mal en un sentido absoluto, ese libro provocaría una explosión de todos los otros libros, haciéndolos estallar en mil pedazos.

Natalia Ginzburg. Serena Cruz o la verdadera justicia, traducción Atalaire, 150 páginas, Ediciones El Acantilado, Barcelona, 2010.

El tiempo usa goma de borrar

Antonio Tabucci

Ramón Mayrata


(Publicado en El Norte de Castilla)


Antonio Tabucchi
En su último libro, Tabucchi refleja el dramático enfrentamiento de la memoria con la presión del tiempo. Lo hace en la levedad de una burbuja. Son nueve relatos, nueve sorbos que nos incitan a probar el sabor del mundo que nos ha tocado en suerte. Sabor a pócima casi mágica, pues los personajes despiertan de un sueño en un universo que no comprenden, donde no logran dominar ni la naturaleza, ni la historia, ni siquiera a sí mismos. Aún así no renuncian a realizar nuevas averiguaciones. Conservan la perplejidad ante la realidad, en cuyos bordes se han detenido, sin conciencia de cuándo dejaron de vivir realmente. Los lectores del escritor recordarán obras precedentes en las que Tabucchi ofrecía la imagen del mundo como laberinto y el tiempo como enigma. En este nuevo libro el tiempo es un puzzle imposible de recomponer pues las piezas del pasado no encajan en el presente.

El presente siempre nos confunde con otro cuando llegamos a él con el equipaje repleto con las sombras del pasado. ¿Qué ocurriría si recibiéramos un puñado de emails escritos y enviados hace años, cuyo contenido nos atañe? Así ocurre con los recuerdos. Un día reaparecen en un presente en el que les falta oxígeno y su agonía nos hace conscientes de nuestras ambigüedades y contradicciones. El título ha sido desprendido de una frase que se atribuye a Critias: Persiguiendo la sombra, el tiempo está envejeciendo rápidamente. Los relatos de Tabucchi se iluminan en el momento preciso en el que las sombras de su pasado alcanzan a los personajes que se enfrentan bruscamente a conductas, pensamientos y emociones de otrora.

El psicólogo Jean Piaget afirma que adquirimos el sentido del tiempo por comparación de las distintas velocidades con las que los objetos se mueven en el espacio. La velocidad expresada mediante la fórmula Velocidad = a espacio partido por el tiempo. ¿Qué sucede cuando un muro modifica nuestra forma de percibir las secuencias de los acontecimientos, el pasado, el presente y el futuro, el tiempo cronológico, la sucesión y la duración más fugaz o permanente? ¿Qué ocurre cuando la velocidad del tiempo es distinta en el interior de ese muro y altera la experiencia interna, la construcción del yo, el tiempo psicológico de millones de personas? El Muro de Berlín fue para ellos ese formidable obstáculo que provocaba una disociación entre su tiempo histórico y su tiempo íntimo. Tabucchi es especialista en esta clase de grietas. El reloj de la historia no es uniforme. Su ritmo irregular se compone de paréntesis y sobresaltos. Escuchó su tic-tac detenido durante la dictadura de Salazar en Sostiene Pereira y el tic-tac maniatado por las ideologías durante el fascismo en Tristano muere. Ahora se encamina hacia el este, donde los relojes marcan horas dispares desde la caída del bloque comunista. Relojes blandos en los que las agujas de la historia colectiva, la información y los medios de comunicación, la conciencia y las emociones íntimas, giran en direcciones y con velocidades diferentes.

Una multiplicidad de tiempos pelea a navajazos en los ensueños y quimeras de los personajes que afrontan el definitivo desafío de ese gran fugitivo que escapa, mientras los perros del olvido le muerden los talones. El más relevante especialista en el escritor italiano, el prestigioso romanista Harald Weinrich, publicó un libro de título tabucchiano. Precisamente lo llamó El tiempo escapa y se cierra con una irónica conclusión: No sabemos qué es el tiempo con exactitud. En consecuencia dedicó sus afanes a ¿qué?: A estudiar el olvido, el modo en que la cultura occidental apura las aguas del Leteo. Este podría ser el décimo cuento, pero no el último, del libro. Un cuento no escrito, sino provocado. En todos ellos se insinúa que los seres humanos estamos condenados a urdir nuestras vidas con un hilo roto y tiempos contradictorios. Tabucchi se halla convencido, y esto es lo que otorga vigor a su narrativa sutil, que sólo el mito, los sueños y los relatos pueden reunir los opuestos en una dirección común y otorgarles una forma y un ritmo que compartir. Este sería el último y definitivo relato. Como le sucedió a Sherezhade durante mil y una noches, es el relato mismo el que permite encarar un nuevo día.


Antonio Tabucchi: El tiempo envejece deprisa, Traducción de Carlos Gumpert, 173 páginas, Editorial Anagrama, 2010 

El niño que sólo se sentía bien con las niñas
Paul Léautaud


Ramón Mayrata

(Publicado en El Norte de Castilla)


Paul Léautaud
Lo que hace que una obra de arte o un ser humano nos cautive es su manera innegociable de ser como es. Ni en Léautaud ni en sus libros se advierte aprecio por las transacciones de la vida en común. 50 años después el niño que solo se sentía bien con las niñas se convirtió en un viejo desdentado y andrajoso que sólo se encontraba a gusto entre perros y gatos. Como un mendigo arrastraba las bolsas de comida hasta la quinta arruinada e insalubre, en medio de un jardín abandonado, donde se refugió con sus animales y sus libros. Allí le encontró Marie Dornoy escribiendo con una pluma de oca a la luz de un candelabro. Fuera del mundo y del tiempo si por tal se entiende preferir el silencio y los propios sueños al sueño colectivo del progreso y la modernidad.

Marie tuvo que acostumbrarse al olor ácido de la orina de gato para convertirse en su amante e interlocutora. Fue ella quien ordenó los montones de cuartillas sueltas que se apilaban en montículos diseminados por la casa. Miles de páginas que componían un testimonio descarnado de medio siglo de vida literaria. No dejaba títere con cabeza. Marie logró que se publicaran los 19 tomos de su Diario literario, el primero de ellos el año de la muerte del autor. ¿Un maestro de la injuria y la impertinencia o un moralista del tipo de Chamford? La pregunta inquietaba a los oyentes del programa de radio que le dio la oportunidad de convertir su desafinada y estridente voz en dinamita. A sus ochenta años, carecía de ambiciones, se hallaba sano y salvo de ideologías y emancipado de la moral. La libertad de pensamiento, de estirpe anarquista, le otorgó una inmensa popularidad. En los cafés del barrio latino y en los salones del Palacio del Elíseo la actividad se detenía para escuchar sus invectivas radiofónicas contra los tópicos, las viejas glorias y las pamplinas. Diatribas de las que no se excluía a sí mismo. Tras sus improperios se adivinaba su propio infortunio, los desengaños y frustraciones, el sentimiento de abandono y una ternura no muy distinta de la de un niño que encuentra el consuelo más en la ensoñación que en la escritura.

Aquel viejo cabrón seguía siendo el mismo ser frágil que 50 años antes, en 1903, había publicado Le petit ami. Un título cuya traducción literal al castellano no se corresponde con su sentido en francés que es el de amante y cómplice a un tiempo. La edición de Menoscuarto, con excelente traducción y prólogo de Julio Baquero Cruz, ha preferido titular Recuerdos ligeros, que alude a la materia de la que trata el libro y al trazo suelto con que está escrito. Nunca he tenido suerte con las mujeres. Acababa de nacer y ya mi madre me había abandonado. Con melancólica languidez y sinceridad relata la infancia y juventud de un niño abandonado por su madre, desdeñado por un padre calavera y distante y educado por una criada en las pequeñas alegrías que bastan a los humildes para ser felices.

Buscó a aquella mujer esquiva en el recuerdo infantil del único día que se cruzó en su vida, refinada y distante. Más tarde, volvería a encontrarla junto al lecho de muerte de su tía. Está casada, ha tenido otros hijos, se ha vuelto respetable, pero entre ellos se produce una relación que se aproxima al incesto que ella rompe de nuevo. No volverá a verla nunca. Pero el amor pertenece al que ama. Volverá a encontrarla en las mujeres que hacen la carrera en las calles, cuyos labios se posan en los suyos, en contra de la costumbre. Y también en las que frecuentan un fascinante Fólies Bérgere que pintara Lautrec con los codos sobre la mesa o recostadas en banquetas, el cigarrillo en los labios y la vida al azar. Léautaud describe a estas prostitutas con idéntica delicadeza impresionista. Mediante pequeños toques y pinceladas fugaces se refiere a ellas sin prejuicios. No tienen más que lo estrictamente superfluo.

¿Al final cuál es el rostro que besaba en ellas? En el caso de Léautaud tal vez el rostro de su verdad. Redimido del énfasis que fustigó a lo largo de toda su vida en la muy retórica literatura francesa, retuvo de ella el espíritu libre, escéptico y burlón. El libro está escrito con la franqueza de quien cree que la literatura es el lugar propicio para descorrer la cortina y mostrar al ser humano sin patrañas.

Paul Léautaud: Recuerdos ligeros. Traducción y prólogo de Julio Baquero Cruz, 176 páginas, Colección Cuadrante Nueve. Editorial Menoscuarto, 2010  
                                                                       
                                                               

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