miércoles, 5 de abril de 2017

WOODY ALLEN Y LA MAGIA

 
Scoop





 En mayo de 1952 un mago adolescente  publicaba un juego de cartas de su invención en la prestigiosa revista de magia Genii Magazine (*). Tenía 17 años y todavía se llamaba Allan Königsberg. Desde niño vivía rodeado de barajas, pañuelos de seda, cubiletes cromados y bolas de esponja. Fue  la primera evidencia pública de la dilatada  dedicación a la magia del quien adoptaría el nombre de Woody Allen. Durante los seis decenios siguientes ha expresado su convicción de que la magia es un arte escénico particularmente adecuado para provocar  un germen de inquietud. Incluso me atrevería a decir que utiliza la magia en su obra como  principio reactivo frente al desencantamiento del mundo provocado por la  racionalización cultural y la convicción de que todo puede ser dominado mediante el cálculo y la previsión.

 

 

Por ello forma parte de un club excepcionalmente exclusivo, en el que comparte sutilezas con  Aretino, Cervantes, Nodier, Dickens, Rimbaud, Roussel y Orson Welles. Para ellos la magia no es la respuesta pero plantea incontables preguntas. Este es el motivo por el que Woody Allen inyecta altas dosis de magia en sus películas: con la intención de convertir las percepciones imposibles, los encantamientos y, también, las decepciones en otras tantas interrogantes sobre el sentido de la existencia, los deseos humanos, la ilusión, la decepción o el engaño.  En “Recuerdos” (1980), Sandy hace levitar a  Jessica Harper en la soledad de la naturaleza. En la obra teatral “La bombilla que flota”. Paul Pollack.  un embrión de futuro mago,  se esconde del mundo exterior, refugiándose en las ilusiones de su cuarto.
 
  En “Broadway Danny Rose” (1984), un  hipnotizador fracasado no logra despertar a la espectadora en trance. En “Edipo reprimido” (1989), el gran Shandú hace desaparece a la madre del abogado Sheldon Mills, aunque reaparece en el cielo de Manhattan para revelar a todo el mundo detalles denigrantes de su hijo.



En “Alice” (1990), el Dr. Wang propicia mediante unas hierbas mágicas que Mia Farrow se libre de su estúpido marido y desaparezca en la noche. 





 En “La maldición del escorpión de jade” (2001), C. W. Briggs, un investigador de una compañía de seguros, es hipnotizado por el mago Voltan, quien, con las palabras “Constantinopla” y “Madagascar”, controla su voluntad y le impulsa a cometer robos que luego deberá  investigar. En Scoop (2006) el ilusionista Splendini hace regresar del más allá a la víctima de un crimen que le revela la identidad de un sangriento asesino en serie.

En "Magia a la luz de la luna” recurre una vez más al ilusionismo para suscitar el dilema unamuniano sobre la necesidad de creer: La incógnita que atormentaba a su personaje el párroco Manuel Bueno. ¿Es preferible vivir feliz en una ilusión o enfrentarnos con una verdad que nos  hará desgraciados?

La acción de la película sucede en la década de los veinte del siglo pasado. Relata el viaje a una luminosa Costa Azul de Stanley, un mago escéptico y ateo como Allen, con intención de desenmascarar a la joven y atractiva espiritista Sophie. Stanley, conocido con el nombre artístico de Wei Ling Soo, es un hibrido de dos magos de la época.
 Dentro del escenario, se inspira en Chung Ling Soo, exponente de los grandes espectáculos de magia teatral que competían con la ópera en popularidad y en la ambición de convertirse en una obra de arte total. Con suntuoso vestuario y escenografía realiza tres juegos característicos de aquel tiempo. La desaparición de un elefante, la mujer cortada en dos y una transportación instantánea desde un sarcófago herméticamente cerrado hasta un sillón situado al otro extremo del escenario.   De Chung toma junto a la capacidad de realizar imposibles, la doble personalidad: pues se trataba de un americano disfrazado de chino.  




    
Colin Firth
Fuera del escenario se inspira en Harry Houdini, quien en 1923 rompió hostilidades abiertamente contra los espiritistas, suspendió sus actuaciones mágicas y recorrió Estados Unidos ofreciendo conferencias en las que denunciaba los fraudes de los médiums.
Con ingredientes de estas dos grandes figuras de la magia, Stanley se convierte en un personaje de doble y paradójico semblante. Adopta una doble personalidad, haciéndose pasar por un mago asiático. Cuando  se arranca la careta al finalizar la función, se pone  el traje de calle y se transforma en un hombre cerebral, racionalista convencido, en cuya existencia todo es previsto y calibrado para lograr sus objetivos.  

John Malkovich en « El gran Buck Howard 
Actores extraordinarios han interpretado con distintos matices el papel de mago en el cine. Georges Méliès se interpreta a si mismo; Buster Keaton en « Mixed Magic»;  Tony Curtis en « Houdini » ; Orson Welles en « Casino Royale » y « Fake» ; Hugues Jackman y Christian Bale en « Prestige » ; Edward Norton en « El ilusionista » ; Anthony Hopkins en «  Magic » ; Hal Holbrook encarnando a   Dai Vernon en los « Maestros del juego » o John Malkovich en « El gran Buck Howard ».


Ninguno tan petulante, patético, cínico y ególatra como el mago que encarna Colin Firth. La caracterización casi hace inverosimil que sea capaz de experimentar sentimientos y emociones. Este escollo origina que la película resulte en algunos momentos tediosa debido a la reiteración de un discurso en el que ni siquiera el mago ya cree. En  los momentos en los que la película está a punto de naufragar definitivamente, hay dos  juegos de magia, perfectamente integrados en la narración, que dan sendas vueltas de tuerca a la historia, salvándola de la banalidad y el tedio. El enfrentamiento entre el mago y la médium y el que opone a los dos magos entre sí, nos sitúa en la frontera de un mundo conmovedor, ambiguo, patético, obscuro y misterioso como son las visiones y pensamientos que los seres humanos albergamos sobre nuestra propia vida, su resolución y sentido.

 


El teatro donde  ocurre esta singular sesión de magia es un universo sin Dios. Sólo la ven los espectadores que se preguntan cómo encontrar la salida.  No son los pretendidos fenómenos sobrenaturales que ejecuta Sophie, los que quiebran su visión del mundo. Los encantos de Sophie desbordan sus supuestos poderes mentales. La sensación mágica, es decir la irrupción de lo inexplicable, se produce cuando comparecen los  sentimientos,  incontrolados y no sujetos a razón.  Allen constata tal fuerza en el amor que puede arrancar un corazón del escepticismo y trasladarle con soltura a la creencia. .¿Es posible encontrar un sentido ? ¿O sencillamente constatar que la vida es algo muy frágil?  Casi tan frágil como la magia.

 

(*) Agradezco al mago Ferrán Rizo la información sobre la publicación de este juego.

sábado, 1 de abril de 2017

Harold Lloyd por supuesto también fue mago



 
  
Harold Lloyd: Visión de un  ángel
 Harold Lloyd fue uno de esos cómicos que nos convencen de que cuando no nos reímos es que estamos equivocados. Por supuesto fue mago. Alcanzó un gran nivel como cartómago. No voy a decir fue mejor mago que cómico, pero se puede apreciar que era realmente bueno en «¿Ves?» incluido en Expert Card Technique de Hugart y en su colaboración en The Jinx, la revista de Ted Annemann. Por su parte Paul Curry en Magician's Magic (2003) afirma que «el interés y el conocimiento de la magia de Lloyd son extensos ».
 
No se esforzaba demasiado en encontrar títulos originales a sus juegos, era un tipo práctico y le costaba mantener el secreto. En una entrevista relató sus inicios como prestidigitador, cuando todavía era un niño.

«Pero, en mi feliz infancia, había un punto negro: mi tía. – aseguraba - Era y es una excelente persona, pero me tenía loco. Vivía cerca de nosotros, y mi madre me enviaba a su casa para ayudarla en los quehaceres domésticos. Siempre tenía algo que mandarme. Era un verdadero genio en eso de hallar alfombras que sacudir, puertas que fregar, leña que partir y recados a la tienda. Mí gran afición, entonces, eran los trucos de magia y los juegos de manos. Llegué a ser un verdadero artista, y, hasta las personas mayores, se entretenían viéndome actuar.


Los chicos del barrio me admiraban profundamente. Uno de mis juegos, que yo llamaba "Ilusión", traía intrigadísimos a todos; pero yo no accedía a descubrir el truco. Hasta que un día... Mi tía decidió que el patio, el gallinero y el establo necesitaban también una limpieza. ¡Quedé espantado! Aquello era demasiado para mí. y reuní a todos mis amigos.
— ¿Queréis ayudarme? Cuando terminemos haré una sesión do ilusionismo, y nos divertiremos mucho.
 Mi promesa no pareció convencerles del todo. Discutieron un momento, y, por fin, propusieron:
—Lo dejaremos todo limpio en un momento, si nos dices cómo se hace "Ilusión".
 No tuve más remedio que aceptar, aunque su exigencia me partía el corazón».
 
 
 
 
En 1919 durante una sesión de promoción, estaba a punto de hacerse una fotografía prendiendo un puro con la mecha encendida de una bomba. Se suponía que era una broma.
 El fotógrafo se detuvo para ajustar la cámara. Lloyd se llevó una mano a la cara para enderezar sus gafas. Separó la bomba de su rostro y en ese instante estalló. Estuvo a punto de quedarse ciego y perdió para siempre el índice y el pulgar de la mano derecha.
 
 

miércoles, 8 de marzo de 2017

Rousseau, ilusionista fracasado, y los trucajes de los templos antiguos

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El abate Gounon regaló a Rousseau una fuente diseñada por Herón de Alejandría. Se trataba de una fuente neumática de la que manaba un chorro de agua vertical, mediante la presión del aire. El aparato evocaba los trucajes de los templos antiguos que Herón había descrito en sus obras y se regía por los mismos principios.


Por aquel entonces, Rousseau era un don nadie y había encontrado colocación como criado en la casa del anciano conde de Gounon, Caballerizo de la Reina. De falso criado para ser exactos. Rousseau era un simple lacayo, pero ni siquiera vestía librea y tenía prohibido viajar en el pescante de las carrozas con sus iguales. Se acomodaba en el interior junto a los señores. El motivo era que el conde albergaba otros proyectos para él.

Las Confesiones
Pero el conde pareció olvidarse de ellos y durante un tiempo Rousseau no tuvo nada que hacer. En sus Confesiones sospecha que el conde pretendía enseñarle ociosidad, una cualidad que la clase aristocrática consideraba imprescindible.

Hasta que un día se suscitó una discusión filológica y el conde le espoleó a intervenir. Su disertación fue tan brillante que el conde recordó que había planeado formarle para que se convirtiera en el hombre de confianza de su hijo mayor. Su primogénito estaba destinado a servirse del Estado y había emprendido la carrera diplomática. El segundo hijo, el abate Gounon, estaba destinado a servirse de la Iglesia y su propósito era obtener una sede episcopal.





Al abate le resultaba enfadosa la teología. Era un apasionado de la cultura clásica. Rousseau mejoró a su lado el latín, y aprendió algunos secretos que encerraban los códices greco-latinos que el abate consideraba indispensables para desenvolverse en la vida.

Le descubrió, a través de las obras de Herón, que ciertos santuarios, en las sociedades griega y romana, disponían de maquinarias escénicas y teatrales y se valían de principios neumáticos y mecánicos para provocar efectos sorprendentes, inesperados e incomprensibles. Ingenios como una máquina de fuego que abría las puertas al recibir las ofrendas de los fieles; pesadas estatuas que se movían, volaban o hablaban; altares cuyas imágenes apagaban el fuego sagrado; fuentes que manaban sin que nada ni nadie las activara. Eran los antecedentes de lo que hoy conocemos como Grandes Ilusiones o magia de escena, realizada mediante aparatos. Y también de los efectos especiales.
Tratado de Herón sobre Autómatas

Era el caso de la estatua del palomo de madera de Arquitas de Tarento, que simulaba volar en el templo de Antium. O del famoso templo dedicado a la Diana Pérsica, no lejos de la ciudad de Tiana, donde nació el taumaturgo Apolonio. Las vírgenes al servicio de la diosa caminaban sobre brasas sin quemarse. O de la célebre estatua de la diosa Cibeles de cuyos pechos de piedra surgía misteriosamente leche.



Los mecanismos utilizados habían sido descritos por Herón, inventor, matemático, físico e ingeniero de probable origen egipcio, afincado en la provincia romana de Alejandría. Debido a que incorporaba a sus propias invenciones las de sus predecesores Ctesibio, Filón y Arquímedes, permitía hacerse una idea bastante cabal de los trucajes de los templos de la antigüedad.

Su legado documenta las múltiples relaciones entre magia, ciencia y religión. Por una parte, muestra una práctica muy extendida entre los magos de todas las épocas. Suelen valerse de principios científicos y de los avances tecnológicos para concebir y realizar efectos que incorporen la sensación mágica de lo imposible. También atestiguan la utilización de estas invenciones por parte de confesiones religiones, sectas y sociedades secretas, para añadir misterio o veracidad a sus ritos. Los fieles, desconocedores de los principios aplicados a los actos del culto, atribuían los fenómenos maravillosos a las fuerzas sobrenaturales, a los dioses en los que creían.


El catálogo de ilusiones que propone Herón es sencillamente apabullante. Podemos realizar un viaje imaginario para juguetear con los objetos relacionados con el culto cuyas propiedades se percibían como sobrenaturales.


Por ejemplo, las pesadas puertas de los templos. Encendiendo el fuego, las puertas se abrían. Y se cerraban cuando el fuego se extinguía. Los mismos devotos producían el efecto sin saberlo al quemar sus ofrendas en un recipiente metálico situado bajo el altar. El calor hacía ascender el aire en su interior hasta introducirse, a través de un conducto hueco, en otro recipiente lleno de agua. Debido a la presión, el agua se trasvasaba a un caldero de cobre que colgaba de un sistema de cadenas y poleas, acopladas a los goznes de la puerta. A medida que penetraba el agua, el peso aumentaba y el caldero al descender hacía girar lentamente los goznes.

Las puertas se abrían y las gentes penetraban en un lugar piadoso donde creían que habitaban sus dioses. Uno de los efectos más sorprendentes lograba que los dioses bailaran.



Consistía en una esfera que flotaba sobre un altar, en principio a oscuras. Cuando el creyente se arrodillaba para orar, el interior de la esfera se iluminaba, dejando ver una danza de dioses.


Recipiente que puede ofrecer agua o vino
Su contribución al desarrollo de las tecnologías del espectáculo es notable. Algunos de los efectos se siguen ejecutando en las sesiones de magia, aunque mediante procedimientos diferentes. Es el caso de la transformación del agua en vino que se efectuaba en un recipiente en forma de cuerno del que el oficiante podía extraer agua o vino, gracias a un mecanismo oculto en el asa.



Herón concibió numerosos autómatas. El de Hércules disparaba una flecha sobre un dragón que al sentirse herido resoplaba. Una corriente de agua combinada con la rotación de una estatua de Pan desencadenaba que un animal bebiera. Un caballo seguía bebiendo incluso después de ser decapitado.



En los templos las estatuas podían apagar los fuegos rituales. Mediante un sistema que combinaba la presión del agua y del aire. A través de unos orificios inagotables abiertos en sus manos, derramaban agua o vino sobre el fuego.

Ideó, así mismo, diversos teatrillos de marionetas. En uno se representaba el mito de Dionisos. Y, en otro, la venganza de Nauplios contra los asesinos de sus hijos, remedando tormentas y naufragios.



Son muy numerosos los efectos que se atribuyen a Herón, como producir el canto de los pájaros o lograr que una bola se mantenga sola en el aire.



Incluso un efecto similar al de nuestras máquinas expendedoras: una pila de abluciones que se ponía en funcionamiento con una moneda de cinco dracmas se convertía en algo asombroso, porque los usuarios desconocían el mecanismo.



La Fuente de Herón que el abate Gounon había regalado a Rousseau formaba parte de esta clase de objetos que en la Antigüedad se usaron para el culto y en el siglo XVIII se habían transformado en un entretenimiento.

En el siglo XVIII la magia se hallaba en pleno proceso de desacralización. Lo efectos pretendidamente sobrenaturales se transformaban en arte o espectáculo. La fuente servía, al tiempo, para ilustrar algún principio científico o desmontar alguna superstición. Era adecuada para ambos propósitos. Por una parte, su condición era la de una máquina hidráulica en circuito cerrado que ilustraba el principio de los vasos comunicantes y, por otra, provocaba la sensación mágica de funcionar por sí sola, sin que nadie la activase.



Para los enciclopedistas y filósofos tenían la propiedad de desvelar el carácter trucado de los prodigios, revelar la naturaleza engañosa de las maravillas y, por tanto, desacreditar las creencias que se sustentaban en los milagros. Los milagros eran ilusiones creadas por el ingenio humano. De hecho L´Enciclopedie describe con precisión la fuente de Herón y su funcionamiento, de acuerdo con las concepciones filosóficas de la época, según las cuales la agudeza y la habilidad al servicio de las leyes naturales pueden producir la ilusión de un milagro.

Es decir, la Fuente de Herón era simultáneamente una representación material y visible del pensamiento científico y un medio de reencantamiento del mundo del que han sido desterrados los dioses y los milagros tras el triunfo del pensamiento científico y el imperio de la Razón.



Nos permite entender el doble papel del ilusionismo en la Edad de la Razón. Como recreación científica, se situaba decididamente a favor del progreso. Al mismo tiempo, intentaba restituir al mundo el misterio y el encantamiento desterrados por ese mismo progreso. Pronto veremos la facilidad con que los elementos científicos y técnicos serán absorbidos por el imaginario mágico.

Ilustración para La Nueva Heloisa
Por entonces Rousseau soportaba los desdenes de la marquesa de Breuil, una joven de su edad, nuera de su patrón y cuñada de su maestro, dotada de “la dulzura especial de las rubias –escribe en Las Confesiones– que mi corazón nunca ha podido resistir”. Con él jamás ejerció tal dulzura. Todo lo contrario. “Tenía el martirio de ser nulo para ella –añade también en Las Confesiones–. Ni siquiera advertía que yo estuviese allí” (16).

De esta situación ingrata le saca una nueva atracción, esta vez homosexual, que experimentará por un joven llamado Bacle. Se lo presenta un pariente suyo al que denomina Boca-torcida, quizá a causa de la huella en su rostro del esfuerzo y atención que exigía su oficio de pintor de miniaturas.

Bacle es ginebrino como él. Se comporta con la desenvoltura, libertad y despreocupación que son privilegio de la juventud. A Rousseau le fascina hasta tal punto de no poder separarse de él.

Rousseau joven
Y Bacle tiene que regresar a Ginebra. Rousseau abandona sus obligaciones y le dedica todo su tiempo antes de que se produzca la partida. Tanto el conde como el abate consideran que Bacle no es una buena compañía y le prohíben la entrada en sus respectivas casas. Sólo logran que la obstinación de Rousseau aumente. Le amenazan con echarle y, de nuevo, estimulan la respuesta contraria a la que pretenden provocar.

Rousseau acaricia la idea de marcharse con Bacle. Una decisión que entraña renunciar a desarrollar una carrera, despedirse de la seguridad, renunciar al apoyo de sus señores.

Entonces es cuando concibe la posibilidad de ganarse la vida como ilusionista. No piensa en otra cosa que en emprender viaje, sin ataduras ni limitaciones, abandonado al placer, al azar y a la real gana. Está convencido de que los planes que alberga el conde respecto a él son ambiciosos e imprecisos, tal vez, improbables y si alguna vez se llegaran a materializar, no se podrían equiparar a un sólo minuto de goce y libertad en compañía de Bacle.

Imagen idílica de Rousseau

Mucho tiempo después, en Las Confesiones, al recordar aquel momento de su existencia, se preguntaría: “¿Se creerá que estando a punto de cumplir los diecinueve años, se pueda esperar de una redomita vacía la subsistencia del resto de la vida?"

“La redomita vacía” era la fuente de Herón que le había regalado el abate. Una fuente de compresión que aprovecha las propiedades de los gases comprimidos. Consta de tres vasos y tres tubos. Comprimiendo el aire se consigue que el agua mane, en forma de surtidor por el tubo del centro del tercer vaso.

Los dos amigos pasan el tiempo juntos, estudiando el funcionamiento de la fuente y proyectando el viaje.

“¿Qué había en el mundo tan curioso como una fuente de Herón?”, se pregunta Rousseau.

De este modo conciben la idea de ganarse la vida con ella. Cada vez que lleguen a un lugar, sólo tienen que convocar a las gentes y ofrecer una representación. El éxito está asegurado. No tendrán que preocuparse por los gastos. Recibirían toda suerte de regalos, comidas y agasajos.

De esta manera, Rousseau abandona al conde, su influyente protector, y al abate, su maestro. Deja sus estudios, renuncia al porvenir asegurado y escoge la vida de un ilusionista vagabundo.

 

 


Salen de París, con los bolsillos casi vacíos y el corazón rebosante de ilusión. Tienen en proyecto atravesar los Alpes por la región de Saboya para dirigirse a Ginebra. Justo lo mismo que harán los saboyanos, años después, cuando recorran Europa con sus linternas mágicas. Pero las representaciones que ofrecen Rousseau y Bacle no tienen el éxito que obtendrán los saboyanos. Es cierto que la Fuente divierte a los huéspedes y criadas de las posadas en que se alojan. Pero el repertorio les parece escaso. Al cabo de un rato se cansan y desean ver otros juegos y efectos. 
Los dos jóvenes aprendices de ilusionistas jamás consiguen librarse de pagar sus gastos. Y su aventura escénica termina como la fábula de la lechera que había escrito un siglo antes Jean de La Fontaine. La fuente de Herón, como el cántaro de la lechera, se rompió cerca de Bramante. 
Poco después, en Annecy, frente al hermoso lago, los dos amigos se separaron

 

lunes, 27 de febrero de 2017

Los Rayos X y la Magia

 
"¡Yo he visto a mi muerte!" exclamó la esposa de Roentgen al contemplar su propio esqueleto cuando el científico alemán tomó la primera imagen de rayos X de su mano.

Puerta del laboratorio a través
de la que Röntgen obtuvo una radiografía

 
Probablemente Georges Méliès descubrió los rayos X y el cine al mismo tiempo. Tal vez las imágenes que le suministraron los rayos X fueron las más impactantes.

Hacia 1897 Wilhelm Conrad Röntgen, realizaba experimentos con los tubos de Crookes y la bobina de Ruhmkorff para analizar los rayos catódicos. Cubrió el tubo con una funda de cartón negro para provocar la oscuridad. Antes de retirarse a descansar, conectó el equipo y observó con extrañeza un resplandor verdoso, no muy intenso. Percibió un ennegrecimiento en una solución de cristales de platino-cianuro de bario que casualmente se encontraban cerca. Encendió el tubo de nuevo y el resplandor se repitió. Apartó los cristales un poco más lejos y la fluorescencia continuó produciéndose. En sucesivos experimentos, llegó a la conclusión de que los rayos suscitaban una radiación que podía traspasar el papel e incluso algunos metales como el plomo. Pero los rayos eran invisibles.

El físico alemán Wilhelm Roentgen


Se entregó por completo a estudiar las propiedades de aquellos rayos desconocidos. Al intentar fotografiar el fenómeno, descubrió que las placas se habían velado. Empezó a experimentar con la acción de los rayos sobre la emulsión. Asentó unas pesas encima de una caja de madera que situó sobre una placa fotográfica. El rayo atravesó la madera e impresionó la imagen de las pesas. Repitió el experimento con una brújula y con el cañón de una escopeta. Los resultados fueron idénticos. Incluso desde el cuarto de al lado, el rayo atravesó la puerta cerrada, e impresionó la imagen de la moldura y los goznes.



Decidió probar consigo mismo. Pero no podía manejar a la vez la placa y el carrete. Llamó a su esposa y le pidió que mantuviese la mano sobre la placa durante quince minutos. Cuando la reveló, contempló los huesos de la mano de Berta, sobre los que sobresalía su anillo.

Placa de la mano de Berta Röntgen




En la última década del siglo XIX al tiempo que la ciencia y el progreso consolidaban su hegemonía como explicación del mundo, se resquebrajaban las nociones sobre las que se basaba el positivismo científico, al igual que el realismo en el teatro, el arte y la literatura. Los desarrollos de la física y las matemáticas, los nuevos planteamientos de la antropología, la psicología y la teoría del conocimiento, así como los innovadores caminos que emprendían las artes, en la senda de las vanguardias, pusieron en evidencia el terreno movedizo sobre el que se asentaba el conocimiento de la realidad.

 


Las alteraciones afectaban fundamentalmente a la manera de percibir la realidad. Por este agujero se colaron las teorías neo ocultistas y neo espiritualistas. ¿Existe una realidad aparente y otra profunda que nuestros sentidos no pueden apreciar? Las radiografías mostraban que lo visible es invisible y lo invisible es visible. Un planteamiento como este, también, tenía que seducir necesariamente a ilusionistas y prestidigitadores. De una manera no sólo distinta, sino opuesta a las prácticas de ocultistas y espiritistas que los ilusionistas consideran fraudulentas y engañosas.



 




El arte de los ilusionistas consiste en crear nuevas ilusiones, es decir, formular nuevas realidades hipotéticas que sorteen la barrera de las apariencias que ocultan la realidad. Desde este punto de vista, es de un profundo realismo. El soplo del ilusionista ahuyenta de los ojos las apariencias y su varita hace brotar en ellos unas gotas de magia, que les permiten asomarse a la realidad a la que la vista normal no logra acceder. Una concepción que comparten todas las artes y de la que los rayos X son analogía.

 

Desde la invención de los rayos X, la luz fluorescente y verdosa de los tubos de Crookes atrae la atención de los prestidigitadores. Méliès tuvo ocasión de asistir en el Grand Café del boulevard des Capucines a la demostración que realiza un charlatán de cómo un tubo de Crookes puede llegar a desvelar “lo invisible del cuerpo humano”. Las sesiones tuvieron lugar en el salón indio que compartían los hermanos Lumière, quienes presentaron su primera película, El regador regado. De manera que Méliès descubrió probablemente los rayos X y el cine al mismo tiempo.

 
Espectáculo de Méliés en el Teatro Robert Houdin del que era director

En 1895, sólo unos meses después de que Röntgen diera a conocer su invención, Georges Méliès presentó una ilusión en el Teatro Robert-Houdin que representaba los efectos portentosos de los rayos X. El cartel anunciador reproducía la radiografía de una mano que evocaba la de Berta Röntgen. Tres años después, rodó una película, con el título de los Rayos X, basada en el espectáculo teatral y en el efecto de transformación, suplantando una escena por otra, mediante el cual los actores se transforman en dos esqueletos parlantes e, incluso, la sombrilla de la mujer se convierte en un manojo de varillas.

 
Fotograma de una película de Méliés

Por supuesto, Georges Méliès no utiliza una máquina de rayos X real, sino que crea una ilusión mediante un procedimiento cinematográfico innovador en su época. El amor y la muerte fundidos en una única imagen. El ilusionismo es una mentira que nos hace percatarnos de la verdad,

Sin embargo a veces los términos se invierten y la verdad aplicada a la ficción nos condena inexorablemente a la mentira. Por entonces, en los teatros adquirieron gran popularidad las llamadas “apariciones luminosas". Mediante un tubo de Crookes y un generador ocultos bajo una tela negra los vasos, las porcelanas y las joyas se volvían fluorescentes.
 

 
 
También los espiritistas hallaron la manera de explotar la invención empleando para ello cabezas y esqueletos recubiertos de un polvo fluorescente.
Röntgen
 
 
Como el instrumental preciso era fácil de obtener y no demasiado costoso, las demostraciones se popularizaron y convirtieron en atracciones de feria. Se multiplicaron los espectáculos en los museos de cera, las barracas de los feriantes e incluso en grandes almacenes como reclamo publicitario.

 


Todas estas demostraciones se realizaban sin ningún tipo de protección a pesar de que desde 1887, Nikola Tesla alertaba sobre los riesgos de la exposición a las radiaciones.
 
Edison
 
 
El industrial e inventor Thomas Edison presentó en la Exposición Eléctrica de Nueva York un artilugio en el que, por un módico precio, se podía situar la mano ante un aparato de rayos X que proyectaba sobre una pantalla fluorescente la imagen de los huesos. Al cabo de varias semanas, el hombre que se ocupaba del aparato vio cómo se desprendía la piel de su mano. Murió a consecuencia de la infección de las quemaduras. La representación de la muerte se convirtió en la muerte misma.


Pero la estela de Méliès permaneció viva, y muchos años después, Charles Drouillat creó las sombras de los Rayos X con un artilugio que producía el efecto de una radiografía, sin radiación. Drouillat era un portentoso inventor de sombras. Procedía de una familia de artistas de circo. Su padre era malabarista y su madre écuyère o amazona. Con su esposa y su hijo formó «Los 3 Joannys», dedicados a las sombras llamadas japonesas. Charles inventó un arco voltaico de tamaño reducido que podía proyectar sombras hasta casi un kilómetro de distancia. En sus ratos libres, le gustaba proyectarlas sobre las nieblas nocturnas del pueblo donde vivía: Cerdanyola. Concibió sombras de colores, mediante prismas que producían rayos de la gama del arcoiris e inventó las sombras blancas, invirtiéndolas.

 


Ciertamente un juego de magia ha de ser capaz de cuestionar y desdecir la realidad, dar la vuelta a las ideas preconcebidas del espectador sobre ella, abriendo la posibilidad a repensarla, a contemplar una versión de la realidad diferente, generalmente enfrentada a la realidad que conoce.

 
 
 
Ramón Gómez de la Serna veía a los radiólogos como prestidigitadores en cuyas manos lo visible se transforma en lo invisible y viceversa.  Los rayos X, las técnicas radiográficas, permitieron un desdoblamiento insólito. Observar los objetos y los cuerpos desde fuera y desde su interior. Lo visible y lo invisible como en un juego de magia